La Doña de los ojos tristes

Llegó a la reunión organizada por sus amigas con un vestido de fiesta, su cartera nueva, sus pantis de seda negra, sus tacones altos, su peinado de los sábados por la noche y su corazón intranquilo.

Por Diario La Primera | 17 jul 2012 |    

Temía que sus curiosas amigas le preguntaran por aquel enamorado perpetuo que persiste en un rincón oscuro de su memoria como un fantasma de amor. No quería que le hablaran de él, porque vive con un hombre que aún no es su esposo, pero a quien dice amar demasiado, pese a que, de cuando en cuando, viene a su mente la imagen gris del enamorado incurablemente delgado que la atormenta en las mañanas sombrías y las tardes tristes.

En la reunión de las ocho mujeres, sin embargo, todas hablaban del trabajo, de los éxitos y fracasos de los amigos comunes, de los hijos de las casadas; y nadie se atrevía a preguntarle sobre el enamorado perpetuo, incurable e insistente. Y, extrañamente, se sintió mal porque en ese preciso momento volvió a su pensamiento la imagen de ese caballero delgado como una pluma, con su rosa en la mano, bajo la sombra de un olivo añejo, en un parque gigante de Santa Catalina, diciéndole: te amo. De pronto, una amiga le lanzó una pregunta como para sacarla de su ensimismamiento: “¿Doña, en qué piensas?”. “Mi pareja me iba a recoger temprano, pero quiero quedarme más tiempo con ustedes”, musitó con sus ojos tristes. “Bueno, te pregunto porque estás melancólica. En tus ojos veo una nostalgia extraña”, replicó la amiga. “No, no es nada. Todo está bien”, se apresuró a responder la Doña.

La Doña añoraba justo en ese instante que le preguntaran por el enamorado perpetuo, incurable, insistente y fatal, porque sentía una pena inmensa por él; mas nadie se lo preguntó, porque temían que se enojara. “Nunca debí rechazarlo tantas veces”, pensó y sus ojos se pusieron aún más tristes.

—Oye, Doña, ya deja de pensar en tu marido —gritó una de sus amigas más osadas.

—No hables así.

—Llámalo y dile que venga más tarde, pues.

—Está bien.

Marcó el número del hombre que iba a recogerla; pero, en el fondo de su confundido corazón, quería llamar al enamorado perpetuo, incurable, insistente, fatal y combatiente de un amor imposible. “A la puta madre con él”, reaccionó, pero llamó a su pareja. “Amor, ven en cuatro horas, por favor”, dijo y cortó. “Así se habla, carajo”, gritó una de sus amigas.

    El Escorpión

    El Escorpión

    El Escorpión

    elescorpion@diariolaprimeraperu.com