La derrota de Lima

La presencia del presidente de la República en Guadalajara quizá no fue lo más contraproducente para la candidatura de Lima pero sí jugó un cierto papel.

| 07 noviembre 2009 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 998 Lecturas
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García, que se reserva el populismo para el exterior y que aquí parece hermano menor de Milton Friedman, habló de países pobres y ricos y de igualdad de oportunidades para todos y añadió que la jornada no tenía que ver con una competencia de dineros y de infraestructura sino que era un capítulo del espíritu deportivo y de las ganas de hacer las cosas bien y de fraternizar.

El problema es que la jornada sí era una competencia de dineros y de infraestructura. Y en cuanto a eso del derecho de todas las ciudades a presentarse como aspirantes a sedes de torneos importantes, lo primero que a uno se le ocurre, ante tanta demagogia, es pensar en Puerto Príncipe, sumergida en su enésima anarquía, o en La Paz, donde la muerte se ensañaría con los corredores de fondo, o en Ciudad Juárez, donde las plusmarcas vienen de los sicarios que huyen de la policía.

No, pues. No se va a Guadalajara a decir que el Perú es la mamá de Tarzán, como quiso decir García. Ni a ofrecer como sede central –y escenario de la inauguración y la clausura- un estadio nacional construido en los años cincuenta del siglo pasado y mejorado con 13 millones de dólares en obras.

Nada tenía que ver la batalla de Ayacucho con la decisión de la Odepa (Organización Deportiva Panamericana). Esa mención presidencial quizá hizo recordar a la delegación colombiana lo remolona, monárquica y realista que era aquella Lima manejada por el señoritismo y lo extraño que era aquel Perú que tuvo que ser liberado por tropas extranjeras.

El asunto era entender el desafío y portarse a la altura de las circunstancias.

Y la delegación peruana lo primero que hizo al llegar fue meter la pata ofreciendo, en un tríptico, la transmisión satelital gratis para los países del Caribe que no pudieran pagarla, algo que la Odepa le había prohibido expresamente hacía pocas semanas.

Y se lo prohibió porque esa ganga violaba el reglamento de la convocatoria y los derechos de transmisión que se reserva Odepa.

Ante la llamada de atención del organismo que debía decidir, la delegación peruana, con el inefable Iván Dibós como estratega, pidió disculpas y dijo que el reparto de ese folleto “había sido una distracción atribuible al descuido de un funcionario”.

Nadie creyó eso, desde luego. La “viveza criolla” nos había vuelto a costar.

No es cierto, además, que las sedes de eventos famosos estén reservadas a una aristocracia internacional. Eso fue lo que insinuó García y esa fue –estoy seguro- una de sus frases más rechazadas.

Es cierto que Chicago y Winnipeg han acogido los Juegos Panamericanos. Pero también es cierto que Cali (1971), Caracas (1983), La Habana (1991), y Santo Domingo (2003) fueron sedes del mismo certamen.

Lo peor de todo es que un fracaso que debería limitarse al ámbito deportivo parece ahora una derrota política y diplomática.

Y eso porque, tal como lo reseñaba un despacho de la agencia Efe, “el Ejecutivo consideraba que los Panamericanos serían el espaldarazo que necesita Perú para confirmar su sólido crecimiento en América Latina”.

Es que cuando se mezclan papas con camotes lo que sale es una yuca.

Y quien coronó con una frase histórica la triste aventura de ayer fue el alcalde de Lima.

La agencia oficial “Andina” lo resumió así:

“Castañeda destacó el que, al final, Lima haya quedado segunda, después de Toronto...”

Todo un aporte a la cultura vernacular.

Quedamos segundos y éramos tres.

A Castañeda habría que decirle que hay maneras menos brutas de consolarse.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista