La derecha mafiosa y la revocatoria

La próxima consulta para determinar si se revoca o no a la alcaldesa de Lima pasará a la historia, con seguridad, como una de las más irregulares y sucias. La cantidad de anomalías hasta ahora no investigadas y más bien ocultadas por un sector de la prensa adicta a la corrupción y al macartismo –por no decir comprada-, la parcialización evidente del JNE, así como las alianzas que se han venido tejiendo en torno al SI que agrupa a apristas, fujimoristas, Solidaridad Nacional, fundamentalistas religiosos, diversas mafias, etc., son la mejor demostración que no estamos frente a cualquier revocatoria, sino más bien frente a una que pretende diseñar el futuro escenario político de este país, liquidar al progresismo, mantener el carácter mafioso del Estado, implantar una cultura conservadora y hacer de la democracia un artefacto decorativo.

| 20 enero 2013 12:01 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.8k Lecturas
La derecha mafiosa y la revocatoria
Y LO QUE ESTÁ EN JUEGO
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Si bien no creo que la polarización en este proceso sea entre izquierdas y derechas, queda bastante claro que son los revocadores los que pretenden que marche en esa dirección. Lo que intentan es cambiar las coordenadas de la política: identificar a esta derecha y a las mafias que la acompañan con lo popular y a la izquierda con la pituquería y las clases altas. Es el mundo al revés. La pregunta es cómo las fuerzas progresistas han permitido que esto suceda.

Es cierto que esto guarda relación con un tipo de campaña, que, cuando menos hasta ahora, ha omitido lo que es medular en cualquier política progresista: su identidad plebeya y una clara opción por las clases populares. Sin embargo, este problema va más allá de la propia campaña.

Lo que viene sucediendo es un proceso de acumulación de hechos que han terminado por configurar este escenario. En realidad, la práctica del progresismo y de la mayoría de las izquierdas hace tiempo dejó de lado la creación de un instrumento político y relativizó su pertenencia al mundo popular. Su desconexión con este mundo, que se expresa en una simple relación de acompañamiento y de apoyo a sus demandas sociales, así como su enorme dificultad por crear una nueva identidad popular que no es otra cosa que una representación política, está a la base de este problema.

Si se acepta que en la historia política de este país hay ciclos en cuanto a representación se refiere y, también, que los grupos emergentes, mal que bien, han tenido distintas representaciones políticas en cada etapa, se puede concluir que los grupos emergentes carecen hoy de representación.

El civilismo en el siglo XIX fue una forma de representación política (se puede discutir si esa representación fue o no oligárquica). El aprismo y el comunismo en los años treinta fueron también nuevas representaciones que daban cuenta de los cambios en este tiempo. Las izquierdas, el socialprogresismo, AP y la DC, que nacieron a la vida política en los cincuenta y sesenta fueron igualmente representaciones políticas de nuevos grupos sociales como los obreros, clases medias liberales y de los migrantes provincianos que llegaron no solo a Lima, sino también a otras ciudades del país.

Como bien ha dicho Osmar Gonzales, fue el vacío que dejó el APRA en esos años, en cuanto a representación política de estos grupos, principalmente de los migrantes y de los obreros, lo que finalmente, entre otros factores, abrió el espacio para el surgimiento de la que se llamó la nueva izquierda.

Sin embargo, el problema de esta izquierda no solo es que no pudo crear una nueva representación en un contexto democrático en los años ochenta, sino también que no entendió las consecuencias del proceso de modernización y modernidad que el velasquismo y las luchas populares habían abierto.

La crisis económica de los ochenta, llamada también la crisis del populismo, así como la aparición del senderismo, la división de las izquierdas, la caída del comunismo, la hegemonía del discurso neoliberal, la aparición del fujimorismo, la adscripción a un liberalismo mal entendido y peor digerido por algunos de sus sectores, así como, ahora último, la deserción política del nacionalismo, dejaron sin representación a estos grupos sociales y abrieron el espacio para que hoy sectores de la derecha, las mafias y los aventureros consoliden una presencia política ganada, prácticamente, por “default”. No es extraño que personajes como Marco “Turbio”, Nidia Vílchez o Mauricio Mulder sean los representantes de Luis Castañeda, Alan García y Keiko Fujimori.

Por eso en este proceso revocatorio no solo se juega una administración municipal que, más allá de sus errores, ha gobernado Lima buscando una modernización inclusiva, lejos de mafias y negociados. También se juega, y mucho, el futuro del progresismo y de la izquierda.

Y si bien es imprescindible defender a Susana Villarán y a su equipo e impedir que los revoquen, también lo es la derrota de esta derecha autoritaria que pretende convertir a los sectores progresistas en una fuerza marginal, asumir la “representación” de los sectores populares para su posterior cooptación y disciplinamiento, y copar el Estado para que la “plata venga sola”.

Estamos frente a un proyecto que busca restaurar el fujimorismo político, consolidar el proyecto neoliberal en el país y hacer del Estado un botín y de la democracia tan solo un rito electoral cada cinco años. Es decir, cerrar de la manera más nefasta el ciclo político que se inició en la década de los ochenta.

Por eso a la revocatoria dile NO.

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Alberto Adrianzén M.

Disonancias

Parlamentario Andino