La crisis paraguaya

Lo de Paraguay es como una señal para los peruanos.

Empecemos porque el ahora destituido gobierno de Lugo resultó mucho menos de lo que se esperaba en un país con tantas carencias y tan profundas desigualdades. El presidente obispo pudo encabezar una amplia coalición progresista, aparentemente, pero con pocas posibilidades de derrotar al Partido Colorado, en el poder durante 61 años, por lo que decidió pactar con la segunda fuerza política del país, el Partido Liberal de Federico Franco, al que convirtió en su vicepresidente.

| 23 junio 2012 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.2k Lecturas
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Ese enganche seguramente fue fundamental para ganar, pero también importante para frenar la reforma agraria y para mantenerse como gobierno simpático para el FMI. Diversos sectores de la izquierda paraguaya declararon su decepción, pero en materia internacional el presidente obispo estuvo más próximo a la izquierda gubernamental que en América del Sur mira al Atlántico, que del ala del Pacífico que depende mucho más de los Estados Unidos (con excepción de Ecuador).

En fin, lo que puede decirse de Lugo es que no era un peligro para los intereses del poder económico, ni para la inversión extranjera y los juegos estratégicos de Estados Unidos, lo que no significa que una parte de la población no lo viera como un apaciguador tras una historia de violencia promovida desde el control del Estado.

El punto es que a pesar de eso la cabeza de Lugo fue pedida y eso se hizo viable cuando quienes nos han considerado siempre su patio trasero, decidieron bajar el dedo. Ha bastado empujar el quiebre de la alianza con los liberales para que arme una mayoría parlamentaria por la destitución.

El pretexto: Lugo no controla los movimientos sociales que lo apoyaron como candidato y que tienden a desbordarse. El objetivo inmediato: poner a los liberales (partido de derecha) al frente de gobierno. El objetivo de fondo imponer la fuerza para detener la amenaza social, para lo cual ya se dieron cuenta que no les sirve el religioso metido de político, por más concesiones que haya estado dispuesto a dar.

Al escribir estas notas la crisis acaba de tener un desenlace. Las masas, que perciben que el complot de la derecha es una directa amenaza para el pueblo, y los países de Unasur, que están tratando de cercar a los golpistas parlamentarios, están reagrupando sus fuerzas. Después de Honduras, ya sabemos que la agenda en el subcontinente pasa por ataques en los puntos más frágiles y contradictorios del proceso de cambios.

Cualquier improvisación que pueda apreciarse en estas tentativas y la apelación a argumentos que ni los golpistas se los creen, no cambia el hecho de que a lo que se apunta es a cerrar un ciclo político que para la derecha era de pérdida relativa de poder, a pesar que hubiese conservado lo fundamental de su espacio. ¿Por qué no coexistir con un gobierno debilitado y descafeinado (al que le han quitado su esencia)?

Por tres razones fundamentales: porque la victoria electoral de los progresistas (aunque no lo fueran tanto), fue también de los movimientos sociales y eso es un desafío que debe revertirse en algún momento, electoralmente, o por otras vías; porque la derecha cree que la conflictividad social es producto de las ilusiones que se estimularon por los actuales gobernantes y que eso acabará con su reimposición completa; porque se sienten poderosos ante el gobierno. Y eso es suficiente para golpearlo.

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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista