La ciudad y los gatos

Me llega un comunicado de la cofradía leonciopradina denunciando que el ministro Ántero Flores Aráoz tiene el propósito, en su fiebre demoledora y rematadora de gato con botas, de demoler el Colegio Militar Leoncio Prado con el argumento de que tal desaparición es imprescindible para la ampliación de la avenida Costanera.

| 21 diciembre 2008 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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Eso le habría dicho Flores Aráoz al ingeniero Enrique Vega León Dávila en una conversación de viejos camaradas salesianos. Flores Aráoz habría añadido algo así como que para qué vamos a tener dos colegios militares con el mismo nombre, considerando el que existe en Huánuco.

Hace poco pasé por el colegio. Quería enseñárselo a alguien y, seguramente, recordarlo yo mismo. Seguía siendo la mole enorme y atemorizante que un día se me presentó como el lugar donde habría de estudiar en condición de interno.

Se me vinieron a la cabeza un par de asuntos: las veces que me quedé sin salida de fin de semana por quebrar alguna norma -en un solo episodio de insumisión crónica estuve dos meses y medio sin ver la calle- y la calidad estupenda de sus profesores.

Aprendí a desobedecer en esa escuela de obediencia y me enseñaron a querer saber más Santillán Arista, Büsse de la Guerra, Pons Muzzo, Antenor Samaniego. Y como no soy ingrato, amo esa mole acribillada de sal y a punto de sumergirse en la mar brava de La Perla. Y amo lo que viví entre esos muros, que no se parece casi en nada a lo que se contó en “La ciudad y los perros” -novela magistral que jamás se quemó en ninguna hoguera, tal como lo inventó el mercadeo literario de aquel entonces-.

No sé si será verdad aquello de que se van a tirar abajo el viejo colegio donde acabé la secundaria. Quizá las malas noches y las salpicaduras de la niebla lo hayan ablandado como edificio. Lo que me parece lamentable es que se hable de su demolición justo en la semana en que el señor Flores Aráoz se ha tenido que tragar un dragón de Comoro luego de la frustrada venta del Pentagonito.

¿Así que como no se pudo con el Pentagonito ahora van por el Leoncio Prado? ¿Premio consuelo a la vera del mar?

Yo no sé si será, al fin, verdad esto del colegio. Lo que no sé tampoco es si Flores Aráoz es un masoquista que se mueve entre uniformes para sufrir, un topo que está allí para espiar en nombre de otros intereses, o un convenido que ha aceptado el cargo porque ese era el único que tenía en oferta el doctor García.

Lo cierto es que ya es tiempo de preguntarse cómo se puede tener a un ministro de Defensa que detesta “lo militar” como concepto.

Yo no es que cante a cada rato el himno nacional horroroso y acomplejado que tenemos ni que me ponga la escarapela de la patria los 28 de julio ni que me vaya a Jesús María a ver el desfile de la utilería chatarrera que hemos llegado a tener.

No soy, vamos, un militarista sino un civilista que no cree en Manuel Pardo, un pacifista que cree que hay que estar preparados para enfrentar a los buitres y un ciudadano, en suma, que está convencido de que puedes prescindir de las Fuerzas Armadas si eres costarricense y limitas al norte con la débil y siempre invadible Nicaragua, al sur con ese condado de Miami llamado Panamá, al este con el Mar Caribe y al oeste con el Océano Pacífico.

Ya quisiera el Perú tener esas fronteras líquidas y no vivir inexorablemente pegado a la envidia sólida, el odio concreto, la voracidad inextinguible y el zarpazo al acecho del militarismo chileno.

Fíjense que no hablo de Chile, ese país más alpino que andino, esa tierra áspera y con carácter que nos ha dado a Neruda y a Mistral, a Donoso y a Allende, a los Parra y a Recabarren, a Huidobro y a Edwards (el Jorge).

Fíjense que no hablo de Chile sino del militarismo chileno, ese animal predador que tiene la cara de Pinochet, el estómago de Alessandri, el puñal de Lynch y el cerebro nazigaseado de Sebastián Piñera, su próximo presidente.

Bueno, frente a las expectativas de ese monstruo que la derecha pelucona y portaliana de Chile siempre estará dispuesta a armar, es un insulto tener a Flores Aráoz de ministro de Defensa.

Como fue un insulto tener a un payaso amanerado de comandante general del Ejército. Como será un insulto imborrable el que los altos mandos ladrones del Perú toleraran que un japonés los maltratara, un traidor a la patria los aceitara y un Hermoza Ríos -ladrón confeso- los terminara de representar.

El Perú siempre será mirado como un botín por los herederos del salitre.

A los pueblos del Perú y Chile todo nos une. Nunca tuvimos mejores relaciones que cuando Allende gobernó, democráticamente, ese país. Y si Velasco tuvo un rasgo estúpido fue, precisamente, querer “vengarse” de Chile en 1975, cuando el fascismo chileno necesitaba, con urgencia, un enemigo exterior que unificara a la chilenidad.

Nadie quiere venganzas ni niños muertos. La guerra perdida, perdida está. Chapotear en la melancolía de la derrota es envenenarse. Es vivir en muñones. Es experimentar la ruina emocional del bien perdido.

De lo que se trata es de evitar que el militarismo chileno, alimentado por los empresarios como Piñera, nos tenga amenazados y viviendo como rehenes de nuestra debilidad.

La Fuerza Armada del Perú es actualmente, desde el punto de vista operativo, un adefesio. Y a García (un neoPardo) no le da la gana de ponerla por lo menos en condiciones de responder una agresión. Hace lo que hizo Toledo, hijo moral del ciudadano norteamericano Pedro Pablo Kuczynski.

Los intelectuales de profesión suelen despreciar a los militares. Pero cuando un marxista mutante como Abimael Guzmán jaquea Lima con sus coches explosivos, entonces los intelectuales miran hacia los uniformados y les piden limpiar el terreno. Como, felizmente, no soy un intelectual, no voy a incurrir en la hipocresía de satanizar a los militares para luego llamarlos al 911.

Los militares que nada tuvieron que ver con la podre fujimorista ni con los asesinatos surgidos de esa podre, merecen respeto, consideración salarial y reequipamiento bajo el control del Congreso. Lo que no se merecen es tener al gato de despensero. O sea a Flores Aráoz fingiendo que dirige las operaciones de Vizcatán.

Pero, en fin, al presidente más chilenófilo de nuestra historia -excepción hecha del fugitivo acopiador de joyas Mariano Ignacio Prado- le convenía tener a un Flores Aráoz que garantizara nuestra indefensión, del mismo modo que tiene al ciudadano chileno-peruano Hugo Otero como embajador en Santiago.

Y mientras tanto, la señora Bachelet, que es la Betancourt chilena porque ha sido secuestrada por el extremismo castrense y ahora es su portavoz, sigue diciendo que con el Perú “no hay ningún problema por resolver”. Lo que quiere decir desencriptadamente: “Nos cagaremos en lo que diga La Haya si La Haya no nos favorece”.

En el Perú lo que hay que jalar es la cadena de mando.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista