La caída del tirano

Cuando un país no tiene una Constitución ni instituciones, tampoco sufragio universal y no hay partidos ni elecciones ¿cómo se cambia de autoridad?

| 25 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.5k Lecturas
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La confrontación y finalmente la guerra civil es el único camino para el cambio de poder. Eso es exactamente lo que está pasando en Libia, donde tras 42 años de dictadura Muamar Gadafi ve llegar su final.

El coronel libio expresó en su momento, uno de los tantos episodios del nacionalismo militarista que se extendió como una ola esperanzadora desde que Gamal Abdel Nasser tomara el poder en Egipto. Movimientos de jóvenes oficiales se alzaban en los países árabes contra los regímenes feudales impuestos por las potencias desde la I Guerra Mundial. Prometían devolverle el poder al pueblo y usar a su favor la inmensa riqueza petrolera.

Gadafi logró con la renta petrolera modernizar su país, sacarlo de la pobreza extrema y crear cierto estado de bienestar. Lo que nunca consiguió fue organizar una república en serio.

Mesiánico, se erigió en el líder de una revolución cuyos alcances sólo él definía. Ideó una “tercera teoría universal” que publicó en un brevísimo “libro verde” plagado de ingenuidades y lugares comunes, que a fuerza de millones de dólares regalados a sus adeptos, hasta consiguió seguidores en el extranjero.

Durante los 70 y buena parte de los 80, quería derrocar al malvado imperialismo mediante el terrorismo internacional. Cuanto movimiento subversivo existía entonces iba a la nueva Meca a conseguir armas y dinero, despilfarrados en abundancia. La escena mundial se había acostumbrado a la siempre espectacular presencia mediática del líder africano, con su despliegue de jóvenes guardianas, que lo acompañaban en sus gigantescos jumbos en cuanto evento solía presentarse.

Pronto se hizo más conocido por sus extravagancias que por sus políticas. Hasta se hizo construir una enorme tienda beduina para demostrar su origen, pero pronto volvió a requerir grandes inversiones europeas para explotar el petróleo.

Durante estas cuatro décadas su alucinada concepción “revolucionaria” no le permitió organizar nada. Ni el gobierno, ni las instituciones, ni siquiera un partido propio. El país seguía con tribus como en la época de la Roma imperial. La modernidad era un barniz que no había penetrado la cultura nómade.

El poder se ejercía mediante una especie de consejo digitado por el líder, que a su vez promovía pequeñas y agitadas asambleas locales encargadas de opinar sólo sobre sus problemas inmediatos. Ese era el socialismo árabe “original” que se le había ocurrido al coronel.

Cuando la sublevación toma cuerpo y Bengazi se convierte en bastión rebelde, un periodista de la BBC le pregunta por qué no renuncia, como ya lo habían hecho otros caudillos en la zona. Responde que no tiene esa posibilidad porque él no es un presidente o un primer ministro. Es la revolución, encarnada por la gracia de la historia en su magnífica persona.


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