La boxeadora

En el barrio era muy conocido que a la castañita Sandra López Ramírez, desde muy niña, le gustaba el boxeo tailandés, ese en que los luchadores usan los puñetes y las patadas; pero nadie sabe por qué le dejó de gustar ese deporte a tal punto que llegó a detestarlo.

| 24 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 663 Lecturas
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La castañita me contó que empezó a gustarle ese deporte rudo porque a los que lo practican, le dijeron, les da disciplina, que los ayuda a vivir. Confesó que además quería pelear en un ring con gente soltando gritos de guerra en las tribunas repletas.

Sus padres no la dejaban practicar el boxeo tailandés porque ellos a la castañita la veían desde sus primeros pasos más para lucir prendas finas en las pasarelas que para reventarle la cara a un posible oponente en el ring. “Pero, a mí me encantaba, y practicaba sola, con todas las ganas del mundo”, admitió. La castañita es la chica más bella de la cuadra y, en aquel tiempo en que dejaba de ser niña y trepar en la gloria de la juventud, los chicos más bravos del barrio la veían con ganas de un lobo hambriento.

El acoso de los lobos fue el motivo para convencer a sus padres y lograr que la dejaran practicar el deporte de patadas y puñetes. “Yo tenía 16 años cuando llegué a la escuela de boxeo. Entré un lunes y no me hacían pelear para nada. Pasaron con cinco lunes más y nada. Me dieron una rutina brava de ejercicios y cuando pasó dos lunes más, le dije al instructor que quería pelear en el entrenamiento como lo hacían los demás y que ya había entrenado demasiado. Él me miró seriamente y no me dijo nada. Yo estaba decidida a irme de la escuela si no me dejaba pelear”.

El lunes por la tarde, el entrenador le dijo: “Pelearás más tarde. Prepárate”. A las siete de la noche, la llamaron al ring. No podía creer que su contrincante de entrenamiento era una niña de apenas ocho años de edad, pequeñita y delgada que parecía enferma, pero que tenía en la cara un odio descomunal.

La castañita entró al ring pero no quería pelear porque no quería pegarle a una niña y desde el cuadrilátero le dijo al entrenador: “¡Yo no le pego a las niñas!”. De pronto, enojada, la niña le dijo: “Pelea, pendeja”, y luego le dio una patada en la parte izquierda de su bella cabeza de dado que cayó a la lona como un saco de papas.

Al despertar, la castañita estaba en casa y sus padres estaban cuchicheando. No les dijo nada. Se hizo la desentendida. Desde aquel tiempo, detesta con toda su alma aquel deporte de puñetes y patadas porque una niña le sacó la mugre en su primera pelea de entrenamiento.


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