La batalla por las masas

A fines de la década de los 80, Alan García mostró el primer hito de su lucha antisubversiva, que hasta entonces iba de fracaso en fracaso.

| 09 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 5.5k Lecturas
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Era el comandante Huayhuaco, jefe de los ronderos del río Apurímac, que se habían rebelado a la presencia de Sendero Luminoso y empezado a construir organizaciones que llamaron de autodefensa, que lograría arrinconar a los insurgentes, dentro de ese inmenso valle que se abre hacia la selva amazónica. Huayhuaco se llamaba Javier Pompeyo Rivera, y su base social eran campesinos productores cocaleros, de esos que ahora han sido declarados desalojables porque “en su mayoría se encuentran vinculados al narcotráfico”, pero que entonces fueron declarados héroes de la patria porque lograron lo que no podían los soldados y policías. El ejemplo del VRAE se extendió a otros lugares y produjo un cambio estratégico en la guerra. Significaba que Sendero había cometido errores en su relación con la gente del campo y había terminado expulsado por los campesinos pobres, de los que decía ser representante.

Evidentemente en la selva del Apurímac y el Ene, Sendero había querido dominar a productores mucho más individualistas que los de la sierra, y les habían impuesto cupos y disciplinas que no estaban dispuestos a tolerar. Por su parte, el Estado priorizó claramente su enfrentamiento con la subversión, con respecto a la acción contra las drogas, y esto le dio libertad a las bandas y corrompió a policías y autoridades. El repliegue y encierro de los llamados remanentes en el Vizcatán, tiene que ver con este desalojo violento y con la necesidad de sobrevivencia de los guerrilleros que quedaban libres.

En 1995, en pleno gobierno de Fujimori, Javier Pompeyo Rivera, Huayhuaco, fue detenido por narcotráfico y procesado por el juez Kuri Mendoza. Estuvo en la cárcel un año y de ahí salió a la Argentina, donde también le hicieron acusaciones similares. De esa misma época data un debate sobre qué hacer con las armas de los ronderos del VRAE, que eran de ellos (no está muy claro dónde las compraron), y no pertenecían a los lotes que distribuyó el Estado. Indudablemente, el tema de la zona seguía siendo cuál es la economía que permite la subsistencia de los productores. Sendero evidentemente entendió el problema y modificó su trato con los campesinos. Acabaron los reclutamientos forzados, las decisiones autoritarias, los asesinatos de civiles. Pero lo principal fue que impusieron un sistema de organización de la producción y el comercio, reduciendo los abusos de los narcos y la intervención corrupta de la policía, los fiscales y los jueces.

Pero en Lima seguimos viendo eso como la amenaza que uno de estos días llega a la capital y nos mete un nuevo coche bomba en Miraflores. Y bajo esa presión psicológica se organizó la recuperación del Vizcatán, el “plan excelencia” y la actual ofensiva que ya ha costado la vida a unos 50 militares. Es decir se fue a organizar una guerra donde todavía no la había. Pero nadie dice que lo que se había perdido de antemano era la batalla social. Ya no hay rondas, ni hay conflicto entre campesinos y guerrilla. Oficialmente el Estado ha pasado a considerar al cocalero no como un sector aliado, sino como estorbo o directo enemigo. Por esa vía han invertido la relación que lograron en el momento crítico de la guerra y han perdido al pueblo, sin que tengan idea de cómo van a recuperarlo.

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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista