La alcaldesa del striptease

En 1963, la primera alcaldesa de Lima hizo lo que generalmente se espera de una mujer que llega a ese cargo. En nuestros días, la burgomaestre ha hecho mucho más de lo que se espera que haga un hombre.

| 07 abril 2013 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.1k Lecturas
La alcaldesa del striptease
(a) Susana Villarán (b) Anita Fernandini
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Anita Fernandini de Naranjo no fue electa. Llegó a la municipalidad por designación de una junta militar que ansiaba atraerse las simpatías de las mujeres y de las clases a las que doña Anita pertenecía, pues era hija del poderoso minero Eulogio Fernandini de la Quintana y era considerada la mujer más adinerada del Perú.

Gobernaba el Perú entonces un triunvirato militar. El año anterior, los golpistas habían asaltado palacio unas semanas después de las elecciones y luego de vetar al candidato del Apra, Víctor Raúl Haya de la Torre.

En muchas iglesias de América Latina se difundía por entonces un comunicado en el que algunos católicos “piadosos” culpaban de los males del mundo a las atrevidas ropas de baño, a los generosos escotes, al descocado Pérez Prado y al reciente apogeo de la minifalda.

La epidemia golpista llegó al Ecuador cuando el presidente Carlos Julio Arosemena se tomó unos tragos en palacio y despertó todavía con los humos en Ciudad de Panamá. Una junta militar lo había sustituido mientras dormía.

La señora Fernandini hizo exactamente lo que de ella se esperaba. Se preocupó por la limpieza de la ciudad. Expropió terrenos para una basílica que nunca se llegó a construir. Condecoró a la Virgen del Carmen y le entregó las llaves de la ciudad.

Por fin, hizo de conocimiento público una canción sagrada que había escrito durante las sesiones del municipio, y que se titulaba “Plegaria al Señor de los Milagros.”

Recia moralista, la alcaldesa decidió por fin lo que iba a ser su golpe de gracia. Condenó el desnudo. Aparte de que algunos limeños piadosos y observantes tuvieron que ponerse una pijama gruesa durante el caliente verano, la señora prohibió que los cines y las boites ofrecieran espectáculos de striptease.

Mi amigo, el artista gráfico José Bracamonte Vera, me contó entonces que los enviados de la alcaldesa habían llegado a la Escuela Nacional de Bellas Artes para velar los cuadros en los que aparecían mujeres desnudas y obligar a las modelos a que usaran un recatado calzón.

Era yo un jovenzuelo reportero que recién había obtenido la libreta electoral. Hacía calle en el diario “Expreso”.

Avisado por Pepe Bracamonte, me puse de acuerdo con un excelente reportero gráfico a quien llamaban “Reflejos” y salimos hacia la municipalidad de Lima. Allí esperamos a que terminara la sesión y a que saliera la alcaldesa a quien yo debía entrevistar.

La primera dama de Lima aceptó conversar conmigo. No había advertido que detrás de ella había una bellísima muchacha cubierta con un lujoso abrigo de piel. Era una bailarina, y la había comprometido yo para cometer esa maldad.

Mientras la señora hablaba y gesticulaba, la bonita Elsa Moreno se quitó el abrigo y posó desnuda tras de la primera autoridad para el travieso lente de mi fotógrafo.

Obviamente nos detuvieron. Obviamente le quitaron los rollos a “Reflejos” y se los velaron. Obviamente, él se quedó con el verdadero. Después de unas horas de detención, llegamos al periódico convertidos en héroes de la libertad de prensa. La primera página del día siguiente nos consagró.

¿Es ese el tipo de alcaldesas que requiere Lima? No lo creo. Una mujer muy valiente, Susana Villarán, ha logrado acabar con La Parada, un gigantesco mercado cuyos alrededores eran usados para la venta de repuestos robados.

Ningún alcalde pudo hacerlo en más de 40 años. También ha logrado vencer la millonaria campaña contra su administración. Ahora, un juez de sospechosa ejecutoria intenta detenerla. Cualquier día de estos va a visitarlo un periodista con un fotógrafo.


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Eduardo González Viaña

Crónica

Colaborador