Keiko, como su papi: pena de muerte

Hace unos días la señora Keiko Fujimori tuvo una idea aparentemente maravillosa para ella: pidió públicamente la pena de muerte. Antes sólo decía que si ganaba las elecciones, daría una amnistía para liberar a su papi de la cárcel dorada en la que pasa sus días gracias a la generosidad de sus aliados políticos. Ahora anuncia que presentará un proyecto de ley que si se aprobase podría formalizar la pena de muerte que existe en el país desde tiempos inmemoriales. Su papi decidió la muerte de mucha gente, lo mismo que los jefes de las fuerzas armadas y policiales que le obedecían ciegamente así como a su siamés Vladimiro Montesinos. Esa es una de las razones que explica su condena firme a 25 años de cárcel.

Por Diario La Primera | 21 ago 2010 |    

Por su lado, Abimael Guzmán ordenó personalmente la pena de muerte de mucha otra gente, seguido de lejos en el número de víctimas por el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. También deciden aplicar la pena de muerte los policías un día sí y otro no con su firme tradición de disparar primero y preguntar después, debidamente amparados por las autoridades políticas, en particular el señor Alan García Pérez. La lista de los que ordenan matar al margen de la ley es larga: agregaré los casos de narcotraficantes, de empresarios por fortunas en peligro o por venir, de despechados por tortuosas historias de amor, de presos doblegados por los deseos de venganza, de individuos en quienes el tánatos acaba con el eros, y dejaré un casillero abierto para que lectoras y lectores lo llenen a su gusto.

Si la Constitución se cumpliese a la letra y se respetasen las leyes, nadie debería ordenar la muerte de nadie pero hasta ahora la realidad puede siempre más que las leyes. Una vez más -y millares de veces en el futuro, seguramente- las personas que se guían por sus instintos primarios y defienden el ojo por ojo y diente por diente (ley del talión de la Biblia) claman por la pena de muerte, indignadas por los crímenes que se cometen. No ven más allá de sus ganas de venganza aunque esquizofrénicamente defiendan la vida cuando se trata, por ejemplo, de un aborto y se declaren católicas, apostólicas, limeñas, romanas y del Opus.

Creer con firmeza en la vida supone rechazar absolutamente toda pena de muerte. Con la Constitución y la ley se castiga y debe ofrecerse las condiciones para que quienes delinquen asuman su responsabilidad, paguen las consecuencias de sus actos, y recuperen su condición de seres humanos a plenitud. Esta es una historia que peruanas y peruanos nos debemos en el futuro. Ya es hora de pensar en serio si necesitamos cárceles o no. Si queremos pensar el tema en serio debiéramos preguntarnos también si la policía es necesaria o no. El constante pedido de más policías es una confesión de debilidad y fracaso. Clamar por la pena de muerte significa no haber salido de los tiempos de cavernas, seguir en los bajos fondos de los instintos y, como decía Freud, estar muy lejos de la cultura, ahora que con fuegos artificiales se anuncia un ministerio de cultura.


    Rodrigo Montoya Rojas

    Rodrigo Montoya Rojas

    “Navegar Río Arriba”