Javier en mis sentimientos

No puedo evitar un tono personal en la nota que sigue a continuación.

Javier se ha ido. Después de una lucha heroica y desigual de las que siempre estuvo dispuesto a librar.

| 06 mayo 2013 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 963 Lecturas
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Llevada además con una dignidad ejemplar. Sin mostrar fotos de su dolor, guardando el silencio de su esposa y sus hijos que estuvieron a su lado los cuatro intensos meses de su enfermedad, pero que no se mostraron porque creían que esta vez la pelea pertenecía al espacio de la intimidad.

Los que sabíamos qué era lo que se estaba jugando creamos una red de información que trataba de proteger el deseo de Javier y su familia de evitar que los reflectores se colocaran sobre ellos. Fue su decisión y se mantuvo firme hasta el final.

Este sábado en la tarde la sala de espera de la clínica donde estaba internado estaba colmada de amigos íntimos que se habían enterado del brusco empeoramiento de la noche anterior. Esperamos hasta que nos desalojaron poco después de las nueve porque había acabado el horario de las visitas.

Casi sobre las 10 y 30 de la noche empezaron las llamadas para confirmar la noticia. Era cierto, Javier se nos había ido poco después que nos retiramos para que descansara. Se había acabado la vida de una de las personas más vitales que he conocido.

En julio del año pasado cuando era yo el que estaba seriamente enfermo y tenía que internarme para que me hicieran el diagnóstico, Javier dedicó un día entero a mi internamiento. Luego en las noches cuando iba a visitarme y me encontraba dormido se sentaba en silencio frente a mí y luego se retiraba dejándome una tarjeta.

Después de salir del hospital se preocupó de que continuara el tratamiento de quimioterapia. En noviembre fue uno de los oradores principales del acto de recibimiento que me hicieron en la Casa Mariátegui y en enero organizó en su casa una comida para celebrar mi recuperación.

Estábamos a pocos días de que iniciara su propio vía crucis. Me había escrito un mail hablándome de las dificultades de la campaña contra la revocatoria y una postdata me decía que se ocuparía en los siguientes días del problema porque estaba pasando un problema de salud.

Lo llamé y me enteré que estaba internado y fui a verlo. No parecía estar especialmente grave, pero los médicos temían que hubiera un mal mayor. Eso se supo a comienzos de febrero, pero aún ahí, Javier y Liliana escogieron el momento de hacer pública la nueva situación.

Nunca lo vi deprimido o amargado por los últimos golpes que le propinó la vida, en realidad el Congreso canalla y el oficialismo mediocre, y la enfermedad implacable. Él sabía que había dado más que cualquiera de sí mismo. Y que en su última lucha nos estaba enseñando nuevamente a ser fuertes, cuando uno lo debe ser. Descansa en paz, gran amigo.

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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista