Javicho, asustado cazador de sajinos

Cuando tenía 10 años de edad, Javicho, en Lima, oía que Ineka, un remoto poblado en la selva de Ucayali, era un lugar tan próspero que las casas tenían televisor a color, pisos de parquet y hasta piscinas.

| 03 noviembre 2011 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.2k Lecturas
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Corría el año 1990 y Javicho, con sus diez años de edad, soñaba ir al lugar porque le contaban también que iban ahí las mujeres más hermosas de esa parte de la selva. Pero solo pudo hacer realidad su sueño cuando cumplió 20 años y un amigo le invitó a viajar a la zona.

Cuando llegó a la selva, Ineka parecía una ciudad fantasma. Las casas lujosas estaban cubiertas de vegetación agrestes y los pocos habitantes que quedaban en la zona decían que el Ejército había desalojado a sus habitantes por considerarlos sospechosos de narcotráfico.

Javicho y su amigo llegaron a un hospedaje de mala muerte que ni siquiera podía ofrecer algo de comer a los visitantes. “Si quieren comer, agarren las escopetas que dejaron los narcos y vayan a cazar sajinos”, dijo la encargada del hospedaje vestida de negro una extraña noche.

Javicho y su amigo entonces fueron a cazar sajinos que, según los lugareños, roen por las noches los aguajes que caen de las palmeras. Ambos esperaron dos horas hasta que de pronto apareció un sajino enorme. Javicho apuntó y disparó directamente en la cabeza del animal. Sonó tanto el disparo que no vieron cuando el sajino cayó al piso. Se acercaron al sajino y el sajino no estaba. De pronto la noche se tornó totalmente oscura. Ellos no veían absolutamente nada.

De pronto, Javicho se quedó solo y no supo cómo volver al hospedaje. Su amigo desapareció. Una voz de mujer cada vez más estentórea salió de la nada. Javicho empezó a correr sin rumbo. Se cayó. Se levantó y siguió corriendo. Empezó a gritar para no oír el chillido desesperado de la mujer y de pronto apareció una deslumbrante luna llena que alumbró toda la selva.

Javicho estaba a unos pasos del hospedaje. “¿Por qué gritas?”, preguntó la encargada del hospedaje vestida de negro. “Mi amigo, mi amigo”. “Está aquí, hace rato, pareces un asustado cazador de sajinos. Ya cálmate, carajo”, le dijo y empezó a gritar desesperadamente hasta que se ocultó la luna de nuevo.


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