Jarjachas en la ciudad

En las llanuras pardas de Pampa Cangallo (Ayacucho) corre la versión de que los jarjachas, hombres y mujeres que cayeron en el pecado del incesto y que por eso de noche se transforman en animales de todo tipo, también aparecen en las ciudades como Huamanga o Lima y no solo en las quebradas silenciosas de las serranías inhóspitas.

| 18 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.1k Lecturas
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“Yo he visto jarjachas en Lima. Claro que no tan seguido como en Ayacucho, pero los he visto”, dice Emilio Mitma Gómez, un ayacuchano alegre que ha crecido en Pampa Cangallo, pero que ahora vive en La Victoria.

—¿Es usted un jarjacha?

—Que su boca se haga chicharrón, señor Escorpión. Usted no sabe lo que dice. Yo puedo ver jarjachas, pero no lo soy; porque yo creo en Dios sobre todas las cosas y los jarjachas se meten con sus familias.

La primera vez que Emilio vio a un jarjacha pensó que aquella llama gigante que se le cruzó en su camino de madrugada, cuando volvía a su casa en Pampa Cangallo, se había perdido y que él tuvo la suerte de encontrársela. “Me la encontré y la venderé”, pensó.

Pero la llama gigante, de pronto, intentó levantarlo en peso tratando de meter su cuello entre las piernas de Emilio y éste que estuvo sazonado por el trago se defendió con su correa de cuero de alpaca. Se quedó totalmente sobrio de tanto golpear con la correa a la llama y cuando salieron los primeros rayos del sol la llama se convirtió en una mujer de trenzas en forma de orejas. Era su vecina que andaba de amores con su primo hermano.

—Pero eso fue en Pampa Cangallo.

—Claro, pero aquella llama gigante se me apareció el último domingo en el jardín de mi casa en La Victoria y el lunes tocó mi puerta aquella vecina.

—Una llama gigante.

—También puede ser un cerdo. Un señor gordo de la esquina que anda de amores con una sobrina suya se convierte en un chancho y un “pata” de baja estatura que vive por la Plaza Manco Cápac que embarazó a su tía se convierte en un cuy gigante.

—¿Si tú cometieras incesto te convertirías en burro?

—Sin ofensas, Escorpión. Sería un potro.

—¿Por qué ves tú esas cosas?

—No lo sé; pero mi abuelo me dijo que los que tienen miedo a los jarjachas esos nunca verán nada. Yo no les tengo miedo, debe ser por eso que se cruzan en mi camino.


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El Escorpión

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