Jacinta López y los gatos hambrientos

Jacinta López se alegró cuando, al llegar a su casa, un terreno inmenso cercado por muros altísimos en Puente Piedra, vio que un gato grande de color caramelo la esperaba en la puerta. “Al menos tú me das la bienvenida”, dijo con una tristeza que hasta el felino se dio cuenta.

Por Diario La Primera | 21 agosto 2012 |  1k 
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Vive sola en ese inmenso terreno al norte de la ciudad desde que se divorció hace cinco años de un mal hombre de la zona que la golpeaba y casi nunca conversa con los vecinos por su carácter agreste y su misantropía que algunas veces parece patológica.

Cuando llega del trabajo casi todos los días a las nueve de la noche, nadie la recibe ni la espera nadie; pero aquella noche el gato grande de color caramelo parecía esperarla, porque cerraba y abría sus ojos como señal de amistad. Jacinta López se alegró, respiró hondo, abrió la puerta y lo hizo pasar. Aquella noche comió junto al felino al que le daba trozos de pollo a la brasa sobre un papel periódico en el piso.

Al día siguiente de ese raro suceso, a la misma hora y en el mismo lugar, la esperaban el gato grande de color caramelo junto a otro felino totalmente negro y otro de color café brillante y de ojos iluminados. Ana Lucía se sorprendió. “Llegaste con todo tu familia”, dijo de buen ánimo y abrió la puerta de su casa inmensa para que pasaran todos los gatos. Al siguiente día, la esperaban en la puerta los tres gatos anteriores y dos más y al día subsiguiente otros tres gatos más de los cinco anteriores, gatos como cancha de todos los tamaños y todos los colores. Así, después de tres semanas del primer gato, a Ana Lucía llegaron a esperarla 65 felinos hambrientos de Puente Piedra.

Su casa se convirtió entonces en una morada de gatos y Ana Lucía se vio obligada a contratar a unos jóvenes del barrio para que la ayudaran a alimentarlos por las noches. Luego de dos meses se dio cuenta de que casi el 50% de su sueldo mensual iba a gastarse en comprar la comida para los felinos. Pensó en botar de su casa a todos los animales para que no se quiebre su presupuesto; pero reflexionó y llegó a la conclusión de que gastar su dinero en los gatos era mejor que soportar el golpe brutal de la soledad.

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