Izquierdas y derechas

Hace muchos años, cuando era un redactor de “Caretas” que trotaba las calles, hice una encuesta sobre Vallejo y llegué a la conclusión, puramente estadística, de que la mitad de los emergentes jóvenes consultados no tenía ni pájara idea de quién era Vallejo.

Por Diario La Primera | 31 jul 2008 |    

No hablo siquiera de los títulos de sus libros ni de sus poemas difíciles sino de su mera existencia.

Allí me di cuenta de que el genocidio de las clases medias había tenido éxito y que la inmersión del Perú en un mar de analfabetismo cantarín y confiado había continuado. Me di cuenta, en resumen, que hoy el Abraham Valdelomar de “Colónida” sería imposible.

Por eso es que, pocos años después, la versión armada del marxismo que nos merecimos fue la que sostenía un falso profesor de filosofía que no había leído bien a Kant ni entendido a Hegel y ni siquiera aprovechado a Marx. “Presidente Gonzalo” fue también hijo de la crisis cultural peruana.

Y por la misma razón, la solución aparente vino en una caja de laca de la que salió un japonés acriollado que se paseaba con una yuca en la mano, se burlaba de los caídos del palto y se decía beneficiario de la reforma agraria. ¡Telúrico y magnético resultó Fujimori!

Casi todo en el Perú actual trasunta una cierta zafiedad. Si la derecha agrede con su simpleza, la izquierda lo hace con su anacronismo. Gamonalistas nostálgicos por un lado, señores de Sipán del leninismo por el otro.

Lo cierto es que no hay debate sino gritos lanzados desde las orillas. La derecha templaria cree que porque las cifras gordas andan bien las cosas andan mejor. Y la izquierda que sólo odia pero no propone –la vieja izquierda viuda de Mariátegui- tiene una respuesta ya mimeografiada y lista para cada ocasión. Con lo que, al igual que la derecha, se vuelve predecible y aburrida.

Y en medio de esta batalla de paporretas está la gente que quisiera oír nuevas voces y nuevas salidas.

González Prada y Mariátegui no dejaron jamás de hablar de la educación como el mayor desafío de la nación peruana. En el otro extremo, Riva Agüero y Víctor Andrés Belaunde hicieron lo mismo. Y las “escuelas populares” creadas por Haya de la Torre tenían el mismo propósito civilizador. Y el optimismo de Basadre se basó en un Perú mejor educado y, por lo tanto, vigilante de sus instituciones.

En el Perú de hoy la educación es un asunto de ministros y dirigentes magisteriales más o menos locuaces. Y el país se hunde en los peores niveles de América Latina.

No hay democracia posible sin masas educadas. Lo que hay es oclocracia, mandatos de la turba, democracia por aclamación cuando de linchar a un alcalde se trata.

Y en eso estamos. Para complacencia de esos intelectuales que creen que el pueblo es infalible y que la democracia es sólo suma de cabezas (pensamiento de origen ganadero que los civilistas se encargaron de difundir cuando manipulaban las elecciones). Y para gusto de esos medios de comunicación que, en manos de la derecha, viven y prosperan venteando estupideces.

La derecha marca el paso de las muchedumbres. La izquierda les promete el mundo imposible de la reivindicación social sin esfuerzo individual. La derecha usa a las masas para el presente. La izquierda las ve como el gran marco de la futura dictadura del proletariado (dictadura en la que el único que no manda es el proletariado).

Mientras tanto, como decía, no hay debate sino torneo de insultos y rancios lugares comunes.

El Apra, que era el último centro exitoso, ha decidido ser parte de la derecha. Y el doctor García no tiene idea del daño que le ha hecho al país con ese corrimiento.

Por eso es que su propuesta para un ministerio de Cultura suena a ironía y sonará a burla mientras no se declare en emergencia el sector educación.


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista