Italia le sacó la mugre

Hace como 25 años, cuando yo tenía nueve años de edad, mi hermana trajo a casa a una de sus amigas. Era una mamacita de 17 años de edad, con senos juveniles, muslos de diosa, cabellos para el sueño y una carita de virgen que me volvió loco de amor y que me hizo perder la cordura y el año escolar. Como tenía nueve años, Maricielo no sabía que yo me había convertido en su esclavo y cuando me enteré que se había enamorado de mi hermano mayor casi me convierto en Caín.

| 04 agosto 2012 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
1081

Quería crecer rápidamente para vivir con ella y sacarla a pasear de la mano por los parques del barrio, para llevarla a bailar en los bares quizá un bolerito pegadito de Pedrito Otiniano. Pero era muy chico aún y ella muy grande para mí.

Pasó el tiempo y mi hermana, con una mirada pícara, me dijo cierto día que ella iba a volver de Italia. Yo tenía ya 16 años y tenía todo en su lugar y mi animal fiel quería debutar en las fiestas del amor. Me dijo que ella me invitaba a su casa porque había oído hablar de mí. “Quiere verte porque dice que vio tus fotos y estás rico”, me dijo mi hermana. Al escucharla, volví a aquellas épocas en que soñaba con ella todas las noches y rogaba a Dios para que me diera la oportunidad de estar a solas con ella en un lugar apartado.

Mi hermana y ella organizaron un tono bravo en Surquillo con orquesta de salsa y todo para que se diera el encuentro esperado por mí tantos años. “Me treparé a ti para siempre y sabrás lo que es un hombre de verdad”, pensé.

Un sábado por la noche, llegué a la fiesta con mis prendas preferidas y después de agotar mi perfume en todo el cuerpo. Llegué afeitado y con ganas de levantar en peso a aquella mujer que me perturbó con su belleza silvestre cuando era niño.

Cuando entré en la fiesta, una gorda, mal vestida y mal hablada, se trepó a mí y casi me rompe la columna, y la aparté para que no viera mi hermosa diosa coronada. Era ella. Estaba distinta, sin sus antiguos colores de mamacita surquillana. Italia había hecho con ella todo lo malo. Nada quedaba de aquella jovencita hermosa. “Carajo, ahora me rechazas, no dice tu hermana que querías estar conmigo”, me dijo. “Oiga, pero no es usted”. “Tócame y verás que soy yo misma”, replicó. “Acaso no sabes que las gorditas somos ricas en invierno”, agregó, y miró a mi hermana que estaba matándose de la risa en una esquina.

Loading...


En este artículo: |


...

El Escorpión

El Escorpión

elescorpion@diariolaprimeraperu.com