Interculturalidad o racismo (II)

En un artículo anterior (domingo 12 de agosto) señalé que el racismo y la interculturalidad son incompatibles, que Perú y Bolivia comparten desde que eran un mismo alto y bajo Perú la tristísima condición de ser un nido de racismo, y que desde la Constitución de 2008 que reemplaza a la República de Bolivia por el Estado plurinacional de Bolivia, el presente y futuro ya no son los mismos.

Por Diario La Primera | 26 ago 2012 |    
Interculturalidad o racismo (II)
BOLIVIA Y PERÚ

Con una “Ley contra el racismo y toda forma de discriminación” y sus reciente decisión política de inventar una “democracia intercultural” expresada en su nueva Ley electoral, los hermanos de Bolivia han empezado a abrir un horizonte político nuevo tanto para ellas y ellos como también para países de fuerte composición indígena como Ecuador, Guatemala, México y Perú.

Es cierto que hay una gran distancia entre lo que dicen las leyes y lo que es la realidad, pero es cierto también que cuando hay una decisión política para cambiar la realidad la importancia de las leyes que promueven esos cambios es mayor.

Mientras en Perú las derechas, parte de las izquierdas y una masa muy grande de personas siguen creyendo que “en Perú no hay racismo”, que “todos somos mestizos” y que cuando se admite el racismo muy pocos son quienes aceptan haber sido o ser sus víctimas; en Bolivia, el presidente de la república al igual que el 62 de la población se define como un indígena, y son también indígenas decenas de senadores, diputados vocales de cortes, alcaldes, ministros y altos funcionarios. Comienza a ser muy grande la diferencia entre los dos países.

¿Imaginan ustedes lectoras y lectores de LA PRIMERA lo que dirían los periodistas de El Comercio, Perú XXI, Correo, La razón y nuestras tías y tíos racistas de todas las clases sociales si un quechua, un aimara o un indígena amazónico fuera Presidente de la República y tuviéramos como en Bolivia, decenas de indígenas senadores, diputados vocales de cortes, alcaldes, ministros y altos funcionarios?

Para que esos cambios tan importantes se produjesen en Bolivia fue necesaria la formación de una gran coalición política integrada por los pueblos indígenas, cocaleros, campesinos, vecinos de El Alto -la nueva gran ciudad a 4,000 metros de altura, literalmente encima de La Paz- obreros mineros, pequeños y medianos comerciantes, intelectuales, profesionales, profesores, estudiantes, que comparten el katarismo; es decir, la identificación simbólica con el aymara Túpaq Katari, que dirigió la sublevación al lado de Túpac Amaru.

Con la victoria electoral de esta coalición política con dos tercios de los votos, fue posible constituir lo que Antonio Gramsci llamó un bloque en el poder, suficientemente fuerte para cambiar la Constitución y el rumbo del país y permitir que por primera vez en su historia el país oficial comience a tener los mismos colores, los mismos olores, hablen las mismas lenguas y que por primera vez el respeto, la igualdad, el diálogo y la tolerancia empiecen a ser tomados efectivamente en cuenta.

Cuando en Perú oímos la palabra interculturalidad y exigimos un mínimo de seriedad para usar el término, desde el Banco Mundial, las esferas oficiales y los jefes de ONGs, el respeto, la igualdad, el diálogo y la tolerancia, aparecen como los elementos que la definen. Se trata de un buen deseo, de una especie de sueño que los funcionarios del poder (queriéndolo o no, sabiéndolo o no) tienen y que llevados por su buena voluntad confunden con la realidad para afirmar rotundamente que “Perú es un país intercultural”.

No es lo mismo decir “Perú es un país intercultural” que decir, “nos gustaría que Perú sea un país intercultural”. Entre la realidad y el deseo de ambas frases está plenamente instalado el racismo.

¿Qué diálogo, qué igualdad, qué respeto y qué tolerancia hay entre los políticos de la derecha, sus ideólogos y sus periodistas y las peruanos y peruanos a quienes nos trata de auquénidos, llamas, huanacos, alpacas, ollucos, quesos, serranos, indios, “cholos de mierda”? ¿Qué diálogo, qué igualdad, qué respeto y qué tolerancia hay entre los alumnos de colegios que insultan a sus compañeros de clase y los desprecian llamándolos alpacas, como aquel reciente caso de dos niñas que se suicidaron en Lima por sufrir ese vejamen?

Hay en Perú una interculturalidad de hecho, en zonas de fronteras culturales en las que algunos centenares de miles de personas hablan castellano, quechua y aimara (Altiplano); castellano, quechua y asháninka (Amazonía central); y, castellano, awaqun y quichua (Frontera de Perú con Ecuador). Por el dominio de las lenguas y culturas el diálogo, la igualdad, el respeto y la tolerancia son posibles, de modo plenamente espontáneo.

Hay también esfuerzos notables pero muy aislados en el paso a paso y día de una interculturalidad buscada en serio como en el caso del parto vertical, que médicos enfermeras, enfermeros indígenas y una organización como la Asociación Inter étnica para el Desarrollo de la Selva peruana, Aidesep, y otras organizaciones en los Andes están logrando gracias al diálogo, la igualdad, el respeto, la tolerancia y la voluntad de aprender de l@s otr@s.

Los niños vienen al mundo con más facilidad cuando los partos son verticales. Las madres y parteras indígenas lo saben desde hace centenares de años, y algunos médicos se enteran, aprenden, y adoptan ese saber. Ese feliz encuentro tiene, además, una extraordinaria ventaja, si el niño o niña se enredan con el cordón umbilical, el médico asegura sus vidas con una operación césarea.

Tenemos muchos otros ejemplos en el complejo mundo de la educación bilingüe realmente intercultural, y en los préstamos de saberes musicales, artísticos y tecnológicos entre miembros de culturas diferentes que son posibles fuera o lejos de los espacios del poder de unos hombres sobre otros, allí donde ejercemos nuestra libertad de escoger. No aprendemos a cantar una canción que no nos gusta y no hay poder que nos obligue a hacerlo.


Rodrigo Montoya Rojas

Rodrigo Montoya Rojas

“Navegar Río Arriba”