Instancias del poder

Al Ollanta que conozco no le gustan las discusiones y cuando asiste a una reunión espera oír una sola opinión para cada problema, en vez de verse sometido a largos debates que no soporta porque piensa que contribuyen a la confusión antes que al esclarecimiento sobre lo que debe hacerse en cada circunstancia.

| 19 octubre 2012 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 613 Lecturas
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Esa idea que se refleja en su desprecio a los “opinólogos” y lo llevó a decir que el gabinete Lerner se quedó en las palabras como si estas no estuvieran conectadas a las decisiones y a imaginar que su desgastante papel de esa época fue intentar enseñar a concretar a sus ministros y asesores en medio de tanto palabreo.

Una consecuencia de su desconfianza frente a las discusiones largas y complejas es que prefiera entenderse directamente, de manera bilateral, con el encargado de cada tema. De ahí quizás este brusco encandilamiento con la tecnocracia neoliberal que ahora reina en su gobierno y cuya característica es que reduce las opiniones a las verdades del mercado, apareciendo no como una entidad de pensamiento, sino como un proveedor de “soluciones técnicas”.

Cada vez hay un mayor componente de este tipo de personas en el gabinete, que permiten que en ese nivel solo haya un criterio sobre la economía, tanto en sus aspectos macro como en los sectoriales, y que estos criterios coincidan fácilmente en la noción de favorecer a los inversionistas privados.

Si se tiene que unos ocho ministros responden de una manera u otra a la lógica del Ministerio de Economía (que ha madurado durante veinte años), la gran ventaja que obtiene Ollanta es que le basta conversar con Castilla para tener básicamente alineados a todos ellos.

Eso corresponde al mecanismo favorito del presidente de asegurar los acuerdos en “instancias” (él las llama así) informales, de a dos, de a tres o lo que convenga a su interés inmediato, para llevarlas luego a votar sin mayor debate con el resto de ministros.

Las reuniones de Ollanta con los comandantes generales de las tres armas, prescindiendo del ministro de Defensa, el presidente del Comando Conjunto, el ministro del Interior y el jefe de la Policía, para ver aparentemente asuntos de la guerra antisubversiva, vuelve sobre el mismo asunto de reducir las opiniones a las que se necesitan para hacer algo, aunque el efecto sea no solo un desaire para los ausentes sino su subordinación a los acuerdos de la instancia que acaba de reunirse.

En el período del gabinete Lerner se llegó a saber que por fuera de las reuniones regulares de los ministros (que se fueron espaciando en el tiempo y sustituyendo por consultas virtuales), y del cada vez más difícil diálogo entre el presidente y su premier, se desarrollaban instancias con el ministro Castilla, Valdés, el asesor Villafuerte, el jefe de Inteligencia y tal vez otros, para ver las principales decisiones, y donde nadie podía discutirle al ministro de Economía sus consejos, ni a los militares los suyos.

Obviamente nada de lo que estoy contando, a pesar de su informalidad, está directamente prohibido, pero es un reflejo de lo que está pasando con el sistema político peruano que, ante el vacío de partidos reales se llena de otros actores organizados que dan continuidad al Estado: militares, tecnócratas, empresarios.

Las “instancias” a las que es tan aficionado Ollanta están en la tradición política de los últimos veinte años, en las que el poder tiende a tener dos caras, la formal, que aparece pesada y extraviada en sus orientaciones, y la real, donde nacen las decisiones.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista

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