Injusticia del caso Bracamonte

Si la Justicia afirma que hubo un “sicario” (persona contratada para realizar un asesinato) en el caso Fefer, ¿cuáles son las pruebas que acreditan que el llamado “payaso” (Trujillo Ospina), era tal cosa?, ¿en qué otros hechos similares ha intervenido si su prontuario es de robos menores?, ¿de qué manera Eva Bracamonte y Liliana Castro podrían haber llegado hasta él y contratado tan delicado “servicio”?

| 14 octubre 2012 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.1k Lecturas
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A lo largo del juicio a las jóvenes se ha usado un millón de veces la palabra sicario que claramente favorece la posición de Ariel Bracamonte de que hubo un móvil distinto al del robo en el crimen nocturno de San Isidro, pero en ningún momento ha sido demostrada tal condición.

De cuando acá, además, los sicarios ingresan a una casa en la que duermen varias personas en diversas habitaciones, sin llevar un arma propia que le asegure el cumplimiento de su propósito sin el menor ruido posible.

Resulta francamente absurdo que el “sicario” improvise un medio de muerte en medio del forcejeo con la víctima y que se enfrente a una resistencia que pudo haber hecho fracasar todos sus planes.

En una casa donde había varias personas se presume que una de ellas dejó la puerta sin seguro para el ingreso del asesino, aunque este último lo niegue e indique que escaló las paredes.

Pero aquí la presunción va más lejos porque asume que el cómplice interno solo pudo ser Eva y que sus supuestos actos arrastran a Liliana, y a pesar que se pretende una planificación maliciosa del crimen para hacerlo parecer un robo, se incurre en la incoherencia de que ese cuidado por los detalles no estuvo presente en definir una forma de ingreso que no implicara al señalado como “autor intelectual”.

El tema de la llamada desde el celular de la víctima a su hija es igualmente débil como prueba incriminatoria, ya que nunca se ha podido establecer el minuto exacto de la muerte y si la señora Fefer intentó llamar y no le contestaron, o si el homicida lo hizo, como se postula, para dar una señal del cumplimiento de su tarea. Pero peor es lo que sucede con las informaciones que llegaron de Argentina que fueron las que llevaron a la captura de Trujillo Ospina y a la incriminación de Eva y Liliana.

Ni el periodista, ni los policías que dijeron haber recibido la versión telefónica de una supuesta suegra del asesino, se han podido ratificar en sus afirmaciones a la prensa. La verdadera suegra ha aparecido para desmentir la historia que parece haber sido hecha para perjudicar a las acusadas, y nadie ha podido probar que el viaje de Eva y Liliana tuviera que ver con el pretendido “sicario” que entonces no estaba en ese país.

Hay más elementos, como el supuesto beneficio de la inculpada principal con la muerte de su madre, cuando su hermano y principal acusador era el mayor beneficiado y el que ha resultado ganando ampliamente con la posible condena a Eva.

Todo esto puede decirse para espantarse de la Justicia Peruana que el viernes quedó a medio camino en la sentencia a Eva Bracamonte y Liliana Castro con los fundamentos que acabamos de discutir.

Es la misma Justicia que le metió treinta años a Abencia Meza en medio de las incoherencias del asesino de su compañera la folclorista Alicia Delgado, y la presión mediática y familiar para condenarla aún sin pruebas.

Ahora parece que se repite el caso de una Justicia ciega de un solo ojo e incapaz de darnos a todos los ciudadanos la evidencia de que sus fallos son sólidos y garantistas de nuestros derechos.

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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista