Igual lo botaron a patadas

El señor H cree injustamente hasta ahora que el verdadero culpable de que su mujer lo haya botado a patadas de su casa es el ruido gigante que hace su escarabajo del 74. Sigue creyendo que el sonido bullicioso del motor de su auto despertó a su esposa y a los vecinos de la cuadra, aquel sábado triste que llegó a casa después de haber conversado toda la madrugada con la mujer alta como una palmera.

| 02 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 661 Lecturas
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No había hecho nada malo aquella vez, pero a su mujer, después de unos días, le entraron dudas porque las vecinas más serias y serenas del barrio le dijeron que no era el primer sábado que su esposo llegaba a esas horas.

A su mujer le pareció muy raro entonces que su esposo comprara cajas de pastillas para prolongar el sueño que desaparecían extrañamente los fines de semana y que insistía en que se tomara un vaso de agua todos los viernes por la noche.

El señor del quiosco de los periódicos le dijo que el escarabajo de su esposo llegaba casi todos los sábados a las cuatro de la mañana justo cuando él se alistaba para la faena en su puesto de trabajo. “Yo pensé que hacía taxi, señora”, le dijo. La señora tuvo que sobornar al guachimán de la cuadra para que le confirmara esa información. “Yo le cuento todo, señora, y gratis, porque su esposo hace tiempo que no me da nada por mi silencio”, le dijo. “Su esposo es tan malo que, a veces, a mí me mandaba a comprar las pastillas para dormir”.

Aquel sábado triste el señor H llegó casi a las cinco de la mañana cuando los deportistas de la cuadra estaban saliendo a hacer la rutina de costumbre y la señora que es madre de cinco hijos salía a comprar el pan. No es que el motor del escarabajo haya despertado a sus vecinos, sino que ellos ya estaban despiertos y por eso, culpar al escarabajo es injusto. Su esposa, acostumbrada a levantarse los sábados a las nueve de la mañana se había despertado a las cuatro porque el día anterior, antes de acostarse, no había tomado el vaso de agua que el señor H le había servido.

El señor H está ahora totalmente solo, sin casa y sin amores y con la voz golpeada de tristeza y soledad por todo lo malo que hizo. Pero antes de ese sábado triste había prometido ser otro. Había terminado con la mujer alta como una palmera que solo veía los sábados de madrugada, para evitar sospechas de su marido que también tomaba gracias a ella un vaso de agua con pastilla para dormir los viernes por la noche. Aquella madrugada del sábado triste, el señor H y la mujer alta como una palmera solo habían conversado como grandes amigos y se le pasaron las horas. “Desde ahora seré un hombre nuevo, ya no engañaré más a mi mujer. Gracias por entender”, le había dicho antes de arrancar su carro ruidoso.


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