Hugo Chávez: política, dignidad y democracia

Después de una larga agonía, la muerte de Hugo Chávez y el extraordinario calor popular de millones de personas llorándolo y jurando lealtad a su memoria, colocaron en la superficie del escenario político los límites profundos de la noción de democracia que las derechas norteamericana y latinoamericanas declaran y practican y la estrecha relación entre política, pueblos y dignidad.

| 17 marzo 2013 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.5k Lecturas
Hugo Chávez: política, dignidad y democracia

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Con la pobrísima noción que las derechas y sus intelectuales y periodistas tienen de la democracia, Hugo Chávez ha sido considerado como un simple dictador, un enemigo de Venezuela, de la libertad, un comunista y terrorista antisistema. Si se tiene en cuenta que fue elegido tres veces con amplísima mayoría, que la derecha fue derrotada y casi desaparecida del mapa, ocurre que los resultados electorales solo son tomados en cuenta cuando ganan los candidatos del poder neoliberal. Si vencen quienes no creen en el neoliberalismo la democracia no cuenta.
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Con la pobrísima noción que las derechas y sus intelectuales y periodistas tienen de la democracia, Hugo Chávez ha sido considerado como un simple dictador, un enemigo de Venezuela, de la libertad, un comunista y terrorista antisistema.

Si se tiene en cuenta que fue elegido tres veces con amplísima mayoría, que la derecha fue derrotada y casi desaparecida del mapa, ocurre que los resultados electorales solo son tomados en cuenta cuando ganan los candidatos del poder neoliberal.

Si vencen quienes no creen en el neoliberalismo la democracia no cuenta. Los casos de Chávez, Evo Morales y Rafael Correa en Venezuela, Bolivia y Ecuador -todos con cerca de dos tercios de respaldo electoral- ilustran bien ese comportamiento dual.

Nos gusten o no, las líneas políticas de quienes ganan las elecciones por márgenes tan amplios, en abierto contraste con las victorias de pequeñas minorías que ganan con alianzas solo electorales y por eso precarias, como ocurre en Perú, lo ético y correcto sería respetar el derecho que tienen los pueblos de elegir a quienes quieren.

En el mundo del poder, los diferentes, los otros, importan poco o nada. Por ser un indígena que no habla el castellano como los limeños, Evo Morales recibe los peores insultos. Se trata de un racismo puro y duro.

Ocurre que a Hugo Chávez lo eligieron grandes mayorías y lo querían mucho más de lo que era posible imaginar antes de ver a millones de personas llorando su partida. Ya quisieran los llamados “demócratas” como Alan García o Keiko Fujimori contar con la milésima parte de ese sentimiento venezolano complejo, rico y contradictorio.

Lo que vendrá con la imagen de Chávez en el futuro se parecerá a la experiencia argentina desde Perón, pero no será igual, porque no hay una Evita de por medio, ni una clase obrera de gran envergadura, para citar solo dos diferencias mayores, y porque ya sabemos que la historia nunca se repite. Parece plenamente visible la victoria de Maduro sobre la derecha de Capriles en las elecciones de abril. Ese fenómeno político llamado chavismo se instalará por mucho tiempo y aunque se divida será un factor clave en la política venezolana.

¿Cómo explicar el romance entre el caudillo y el pueblo en Venezuela? Intentaré presentar una razón entre muchas, sirviéndome del concepto dignidad. Vivimos en América latina la inmensa y enorme hegemonía del pensamiento único del Tesoro norteamericano identificado con el Consenso de Washington que está debajo y detrás de cada una de las políticas económicas, sociales y culturales llamadas neoliberales, fielmente seguidas por las derechas de nuestro continente. La consigna madre es: fuera del mercado todo es ilusión. Sobre ese fondo, que el capital norteamericano viaje por el mundo con plena libertad mientras los trabajadores son bloqueados por muros de vergüenza como el que existe entre Estados Unidos y México, que los derechos sindicales sean sustantivamente reducidos y si desaparecen, mejor; que las ganancias se multipliquen sin límite alguno y que los salarios sean siempre bajos y altas las ganancias; que los fondos de retiro sean administrados privadamente en beneficio de las grandes empresas multinacionales; que los estados se privaticen; que todo se privatice; que lo único que cuenta es la ecuación riesgo-beneficio, que la democracia representativa formal es el único sistema posible; que el agua y los recursos de la Amazonía no pertenecen a los países de esa cuenca y deben ser considerados como bienes de la humanidad; que los otros, los diferentes, los que no aceptan el pensamiento único, sean considerados como terroristas, antisistema, y se les lleve a cárceles como las de Guantánamo, más salvajes que todas las antes conocidas, o se les haga desaparecer, simplemente. Esta es la arrogancia del poder.

Frente a los inspiradores y defensores de este nuevo orden establecido hay dos respuestas. La primera corresponde a los gobiernos que dicen sí señor y punto. En el Perú la lista es larga, comienza con Fujimori, siguió con Toledo y García y, ahora, Humala va por el mismo rumbo más allá de su promesa de la Gran transformación.

La segunda fue y es la de Hugo Chávez, capaz de sacar la cara por su pueblo y su gente, actuando con dignidad. En ese camino y con diferencias específicas figuran Evo Morales y Rafael Correa. El petróleo como riqueza extraordinaria de Venezuela, considerada como bien público y nacional y no de unas cuantas empresas multinacionales, está en la base de esa actitud digna frente al imperio.

Lo hecho en educación y salud en beneficio del pueblo es notablemente más importante que en el resto de países de Sudamérica. Que en Venezuela la gasolina tenga el precio más bajo del mundo es un hecho político de primer orden. Ese es el innegable mérito mayor de Chávez

Pero Chávez no ha sido un santo. Su condición de caudillo latino americano-soldado-católico-mesías y político paternalista muestra sus pies de barro y la endeblez de sus convicciones democráticas. Queda aún por inventar una democracia que no se confunda con el pensamiento único del poder capitalista o con el poder personal de un caudillo por más bien intencionado que sea.


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Rodrigo Montoya Rojas

“Navegar Río Arriba”