¡Hostias!

R. Rey nació en 1951 y, según las profecías, morirá envenenado con una hostia contaminada de ciprianitis, que es un mal celestial y sectario de consecuencias fulminantes.

Por Diario La Primera | 05 oct 2008 |    

A los 14 años ya era un mentiroso de prodigio.

-Jamás me he masturbado –le juraba al cura Romaña.

Por supuesto que era mentira. A Rey le decían “Mano de Piedra” por sus poderes y solía hacerlo antes del desayuno, después del almuerzo y poco antes de dormir, o sea a las 6 y media de la tarde.

Aparte de mentirosito, Rey era de los que llevaba manzanas a los maestros, viandas sabrosas a las kermeses, tareas antes de que se venciera el plazo, cuotas extraordinarias sin que nadie las pidiera y un regalo caro para el cumpleaños del director, que era también el cura Romaña.

-Superarás la hipocresía de tus preceptores –vaticinaba, emocionado, el cura Romaña.

Y así fue. Rey llegó a ser el hipócrita sublime capaz de decirle buenmozo a Espichán, honesto a Chino Maldito, irresistible a Laura Pozo, varonil a Alex Brocca, íntegro a Chirinos, humanista a Saravá y cálido al activamente insepulto Marcenaro.

Era capaz de eso y mucho más. Y todo lo decía con esa voz suya de cortesano y consejero de algún príncipe inexistente.

Esa capacidad para la hipocresía le permitió hacer caridad pública mientras despreciaba a los pobres, golpearse el pecho y servir a algún amo asqueroso, invocar a Dios y mentir a sabiendas, ir a misa y ser un oportunista, todo a la vez y sin circuncidar.

-Es la voluntad del Señor –decía-.

-Del Señor Chino Maldito –le decía su conciencia-.

A esas alturas su conciencia tenía el aspecto violáceo de una campesina violada por una brigada turca de regreso de matar kurdos. Y, además, su conciencia hablaba despacito, como cuando se toma el té entre señoras godas.

-Calla, conciencia –decía Rey-. Cállate de una vez y no me sonrojes porque el poder no es cosa de reirse.

Y se sentía feliz. Y se santiguaba. Y sacaba su rosario de nácar.

Parecía un seminarista leyendo a Henry Miller.

Y volvía a lo de la mano sin siquiera persignarse para no mezclar a Dios en su clase de manualidades.

Porque la vida era ahora –antes de que Visa lo dijera- y él la disfrutaba sirviendo a Dios con rezos, a Chino Maldito con inciensos, a la ilegalidad con incisos, a las dudas con toda su pasión y al poder con la baba que se le caía cada vez que lo veía de cerca.

Porque Rey le daba a Dios lo que era de Dios y a los césares sucesivos a los que serviría lo que cada uno de ellos le pidiera.

Por ejemplo, cuando Chino Maldito persiguió a García, Rey decía que García era menos que un hereje pasado por la hoguera y mucho menos que Dimas y aún menos que Barrabás. En esa época Chino Maldito era Rey y Rey era todo un maldito.

Pero como la vida da vueltas como los borrachos de misa de vino, sucedió que Chino Maldito cayó en desgracia. Entonces Rey pidió explicaciones sobre sus crímenes, embargos sobre sus cuentas y olvido eterno sobre su nombre impronunciable.

Fue entonces que se apareció García en su versión de San Alan.

Rey se demoró dos nanosegundos en caer de hinojos y pedir perdón, siete milésimas de la misma unidad en sollozar y 31 segundos en decir que estaba disponible.

García, que conocía tanto del mundo como el general De Gaulle –de quien tenía en común la residencia en París, la estatura y una cierta afición a los quesos hongueados- lo dejó así, de rodillas y bañado en lágrimas de arrepentimiento.

Pero después de hacerlo sufrir, lo llamó para que viera el asunto de los peces gordos.

-La vida volvía a ser justa –decía Rey mientras empezaba a escuchar el himno que tanto lo había emocionado desde la primera de sus interminables comuniones:

“Pero mira cómo beben los peces en el río/... beben y beben y vuelven a beber/ los peces en el río de ver a Dios nacer...”

Se sentía como Pedro el pescador, como remontando el Jordán, como capitán de una nave de “Austral”.

Y los peces se multiplicaban como en el milagro.

Referencia
¡Hostias!

    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista