Homenaje a Albert Einstein

“Para ser miembro irreprochable
de un rebaño de ovejas, hace
falta primero ser oveja”. (Einstein).

Albert Einstein fue probablemente el hombre más importante del siglo XX. Y no sólo por su descomunal inteligencia sino por el rol ejemplar que cumplió en relación a los valores que harán posible, algún día, la paz.

Por Diario La Primera | 06 ago 2008 |    

Los judíos en general, sin embargo, no lo recuerdan como debieran recordarlo. Ni siquiera este año, que ha sido el del sexagésimo aniversario de la creación del estado de Israel, la figura de Einstein ha merecido el homenaje que las comunidades judías podrían haber programado como un modo de recordarnos qué tipo de compromiso debe adquirir la ciencia con los problemas del mundo y sus posibles soluciones.

Quizá esa conducta se deba a que Einstein jamás dejó de insistir, por ejemplo, en que la única solución para Palestina era la convivencia armoniosa de árabes y judíos. En un famoso discurso sobre el tema, Einstein sostuvo que el referente ideal para esa coexistencia basada en el mutuo respeto debía ser Suiza, “que representa un grado superior en el desarrollo del Estado, precisamente porque está constituida por varios grupos nacionales”.

Y enfatizó: “Establecer una cooperación satisfactoria entre árabes y judíos no es problema inglés sino nuestro. Nosotros, es decir judíos y árabes, nosotros mismos tenemos que ponernos de acuerdo respecto a las exigencias de ambos pueblos para una vida comunitaria”.

Einstein fue, por supuesto, sionista. Pero fue enemigo del sionismo armado y terrorista que muchos judíos asumieron como “una penosa necesidad”. Por eso es que el 10 de abril de 1948, requerido por una asociación judía norteamericana que buscaba fondos para la llamada “Banda Stern” –organización terrorista fundada por Abraham Stern y dedicada a expulsar a los árabes de ese territorio que debía ser binacional- el preclaro judío Albert Einstein respondió de esta manera:

“Cuando una catástrofe real y final recaiga sobre nosotros en Palestina, el primer responsable de ella serán los británicos y el segundo responsable serán las organizaciones terroristas nacidas de nuestras propias filas. No estoy dispuesto a ver a nadie asociarse con esta gente criminal y descarriada”.

Einstein era judío y sionista, pero entendió siempre el movimiento fundado por Herzl como una solución y no como una fuente crónica de odio y crímenes recíprocos.

¿Qué hubiera dicho Einstein de los crímenes de Estado perpetrados de manera sistemática por Israel? ¿Cómo habría reaccionado ante lo sucedido en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, donde el general Sharon permitió el asesinato de unos dos mil palestinos civiles y desarmados, incluidas decenas de niños, mujeres y ancianos?

Einstein habría sido, como muchos judíos pacifistas, un escandalizado enemigo de “la solución militar” que hoy secuestra a los políticos israelíes.

Porque Einstein odió doctrinariamente el militarismo y fue un instigador elocuente de la objeción de conciencia y de la desobediencia ante el llamado al servicio militar. En una declaración sobre la conferencia del desarme de 1932, dijo explícitamente: “El Estado debe de ser nuestro servidor y no nosotros esclavos del Estado. Este principio es negado por el Estado cuando nos obliga a hacer el servicio militar o participar en una guerra, sobre todo considerando que con ello se pretende la destrucción de otros hombres...”

-Ah, eso era en 1932– dirá alguien. La verdad es que Einstein mantuvo su consistencia de pacifista luego del holocausto perpetrado por el nazismo y aun terminada la segunda guerra mundial. Invitado a hablar sobre la paz por la viuda de Roosevelt, en 1951, leyó, desde Princeton, una declaración que parece haber sido escrita para estos días sombríos de los Bush y sus guerras:

“Toda la política exterior está dominada por un único punto de vista: ¿Cómo actuar para, en caso de guerra, vencer al enemigo? Estableciendo bases militares..., armando y apoyando...a los aliados potenciales. Y en el interior de los Estados Unidos, concentrando gran parte del poder financiero en manos de los militares, militarizando a la juventud, controlando la lealtad de los individuos y sobre todo de los funcionarios, intimidando a quienes piensan políticamente de otro modo, e influenciando en la mentalidad de la población por medio de la prensa, la radio y la escuela, así como poniendo en práctica una creciente censura de las comunicaciones bajo el pretexto del secreto militar”.

Einstein siempre creyó que la mejor religión consistía en amar la vida, todas las vidas, las de todos los prójimos.

“El judaísmo no es una fe –escribió en unas líneas dedicadas a separar la religión judía de todo parentesco con cualquier fanatismo-. Está claro –añadió- que servir a Dios es lo mismo que servir a los seres vivientes...La comunidad de los vivos es sentida hasta tal punto como un ideal, que los mandamientos que rigen la santificación del Sabbat incluyen expresamente a los animales. Más prístina se destaca todavía la solidaridad entre los humanos y no es un azar si las reivindicaciones socialistas salieron sobre todo de judíos...”

A Einstein el capitalismo tragaldabas y la economía puramente de mercado tampoco lo convencieron:

“Es posible conseguir en menos horas de trabajo la cuota de alimentos y de bienes que la gente necesita. En cambio, el problema de la distribución de esos bienes y del trabajo se ha vuelto más difícil. Todos sentimos que el libre juego de las fuerzas económicas, así como el desenfrenado afán de riqueza y poder por parte de los individuos, no ofrecen salidas al problema”.

El creador de la teoría de la relatividad, el hombre que había ampliado el horizonte intelectual del ser humano hasta rozar con la lógica de las estrellas y la niebla de la materia oscura, siempre tuvo un pie en tierra para pensar en sus semejantes y en las injusticias. Por eso ironizó respecto del “sacro egoísmo ilimitado que conduce a consecuencias funestas en la vida económica...”

Y por eso, siendo un hombre con una enorme vocación por la soledad, no huyó de su responsabilidad social y luchó siempre por ideales que hoy parecen, fatalmente, ensuciados por la pasión, desterrados por el dinero o abolidos por el odio.

Sionista y democrático, judío y socialista, más agnóstico que otra cosa en materia de religión, pacifista y justiciero, Einstein merecería ser, otra vez, el mayor orgullo de la nación judía. Él y no Ariel Sharon, ese Karadzic del sur libanés. Él y no aquellos que sembraron vientos para luego cosechar tempestades que llamarán a otros vientos y a otras tantas tempestades, y así hasta la náusea y hasta la muerte, siempre.


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista