Hitler hoy

El siglo XX empezó con una gran guerra, siguió con una peste, continuó con una segunda gran guerra y terminó con un imperio jugando solitario con el mundo.

Por Diario La Primera | 02 setiembre 2009 |  2.2k 
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No fue un gran siglo el XX. Fue una matanza sucesiva, un frenesí de la abyección.

Ayer recordamos el comienzo de la aventura de uno de los criminales más claros de la historia: Adolfo Hitler. Pero hablando de él se ocultan muchas cosas.

Lo que no dice “El Comercio”, por citar un ejemplo doméstico, es que algunos de sus columnistas y directivos –empezando por don Carlos Miró Quesada Laos- simpatizaron con el fascismo italiano, con el falangismo hispano y con el nazismo alemán. Es que eran universales los muchachos.

Y lo que nadie dice, empezando por la señora Ángela Merkel, es que a Hitler lo apoyaron desde la Bayer, en Munich, hasta la IBM, en Armonk, pasando por toda la aristocracia industrial europea y todos los conservadores del mundo.

Gracias a que Hitler fue, además de asesino, una perfecta mula en términos estratégicos es que no tuvimos un mundo a su medida: una Europa nazi y un Japón imperial dominando la mitad del mundo y una América adecuada siguiéndoles el compás.

Ahora la Europa que autoriza bombardeos en masa y el secuestro de países enteros (Irak, Afganistán), mientras silba mirando el techo cuando de Gaza se trata, pretende distanciarse de Hitler todo lo que puede.

Puede poco. Para recordarnos que hay un Hitler latente detrás de muchos europeos están la derecha austriaca, el franquismo intacto del PP español, la Liga del Norte en aquel Milán que vio nacer a Mussolini. Y ya van a ver ustedes: apenas aprieten las cosas y apenas quemen las papas las “soluciones radicales” se vomitarán en las plazas donde hoy se habla de la democracia como de un valor eterno.

Salimos de la segunda guerra mundial como los mamíferos territoriales que nos gusta ser: sin aprender nada.

No habían terminado de recogerse los escombros en aquel Berlín hecho pedazos cuando estadounidenses y soviéticos estuvieron a punto de empezar la tercera gran guerra.

Y así vivimos, en la cornisa del terror, hasta que el muro de Berlín fue derribado.

Estados Unidos no entendió el mensaje. Que cayera el muro no significaba que se le diera un cheque en blanco.

Pero Estados Unidos actuaba como si se le diera un cheque en blanco. Y en el Medio Oriente armó, avaló y compartió una política israelí que sólo podía convocar a la venganza más extrema.

Y la venganza más extrema y repugnante produjo el triunfo del conservadurismo más hirsuto. Y ya no fueron la cara de Lincoln o de Jefferson las que se asomaron sino la de Dick Cheney y Bush junior. Un canalla y un idiota eran el emblema del país que nos había salvado de Hitler y sus hordas.

¿Nos había salvado?

¿No hubiera Hitler avalado el exterminio de ciudades y civiles?

¿No habría Hitler admirado la mentira de las armas de destrucción que no existían, el rapto y asesinato de sospechosos encerrados en cárceles clandestinas, el campo de concentración de Guantánamo, la alianza del Estado y el capital ante la crisis del sistema?

¿Qué es Hitler hoy? ¿Una pesadilla o un tácito secuaz?

Referencia
Propia

    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista

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