Hasta los 80 años

El día que cumplió 80 años de edad, Horacio Martínez se puso un sombrero negro y su mejor pantalón y fue a la Plaza Bolognesi con el corazón palpitante, porque tenía la esperanza de encontrar, ahí, en la primera cuadra de la avenida Brasil, a la mujer de su vida, esperándolo.

Por Diario La Primera | 22 jun 2012 |    

Estela le había prometido que lo amaría toda la vida, con todas las fuerzas de su corazón, con todo el vigor de sus venas y con toda su alma entera; y que la prueba de amor infinito iba a ser que el día en que él cumplía 80 años de edad, ella iba esperarlo, cueste lo que cueste, pase lo que pase, en el paradero de la primera cuadra de la avenida Brasil.

Estela tenía 40 años de edad cuando se enamoró de Horacio y éste había cumplido los 50 años. Se conocieron en la Plaza Bolognesi y, siempre, jurándose amor eterno, tomaban en cuenta aquel paradero en que se dieron el primer beso, en tiempos cuando la plaza era el punto de encuentro de los enamorados de entonces.

Se amaron como locos saltando todo tipo de adversidades, en público y en privado, y tejieron lo que los poetas de entonces llamaban: la gloria de los últimos románticos. Pero ocurrió una cosa horrible. Ella desapareció de pronto, dejándole una carta breve: “Debo irme, pero volveré de todas maneras; y estaré ahí, amor mío, el día que cumplas 80 años de edad, porque yo siempre cumplo con mis promesas”, dijo.

Horacio nunca se enteró la razón que motivó a Estela a dejarlo; pero la siguió amando con todo el corazón y movió cielo y tierra para encontrarla, y no pudo. Pese a ello, la siguió amando con las fuerzas de su vida y jamás perdió la esperanza de verla de nuevo.

Por eso, el lunes pasado por la mañana, Horacio Martínez se puso un sombrero negro, su mejor pantalón y fue a la Plaza Bolognesi a esperarla con el corazón palpitante de la emoción.

Esperó desde las diez de la mañana con la mirada atenta, con todos los sentidos alertas, mirando a todos lados con la ilusión de ver de nuevo a su amada Estela. Esperó la mañana y toda la tarde sin desayunar ni almorzar como un adolescente enamorado. Esperó hasta las ocho de la noche y decidió volver porque le dio un calambre insoportable en la pierna izquierda. Y cuando la enfermera lo ayudaba a volver a casa, una señora de unos cincuenta años se acercó a él y le dijo: “Vengo a dejarle esta carta para usted”. Horacio Martínez leyó la carta y le dijo a su enfermera: “Vamos nomás, que ya es tarde”.

    El Escorpión

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