Hambre y Democracia

Hace tiempo que en el Perú venimos buscando una fusión o una receta que ponga en un solo plato hambre y democracia, dos componentes que en los países pobres también han tratado de preparar sin éxito para el consumo masivo.

| 15 octubre 2009 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 429 Lecturas
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Como dice Pedro Medrano, Director Regional del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, los hambrientos en este planeta sobrepasan los mil millones de personas y siguen aumentando, en particular entre los sectores más vulnerables, a pesar que vivimos la más avanzada revolución tecnológica de la historia humana.

Claro que la crisis internacional del capitalismo salvaje ha contribuido a superar este vergonzoso récord, pero estos indicadores subsisten desde mucho antes del apresurado salvataje de grandes bancos y exclusivos clubes de millonarios, eficientes para agudizar crisis pero más inútiles que cenicero de moto para resolverlas.

Los que sufren hambre, en la mayor parte del mundo ven televisión o escuchan radio y conviven con la terrible desigualdad social que les dice diariamente que el desarrollo y el progreso no son para ellos, pero tampoco la democracia, ni las instituciones que los deben proteger, ni el Congreso que da leyes que los ignoran, ni la policía que los protege con desgano, ni la justicia que los olvida en cada esquina, ni el sistema de salud que los desconoce cuando más lo requieren, ni la educación pública que les da un servicio mediocre cuando la sociedad requiere tanto un mejor capital social.

Y es que la democracia necesita demócratas y una de las principales razones de nuestra pobreza democrática es que las clases dirigentes tuvieron miedo a la educación de los pobres, porque creyeron, como decía un viejo hacendado que “indio educado es indio revolucionario, ponle zapatos y te agarran a patadas”.

La verdad es que no hay democracia seria sin educación popular de calidad, tampoco sin educar a las elites sociales y económicas que deben empezar por aprender democracia, equidad, solidaridad, ética y moral, sobre todo en negocios y en altos cargos públicos.


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Carlos Urrutia

Opinión

Columnista