Haciendo política

Martha Chávez ha decidido desconocer al presidente elegido por los peruanos y ha anunciado que mantendrá esta posición hasta que se someta a la Constitución de 1993. Es como si quisiese convertir el incidente del 28 de julio en el último capítulo del golpe de Estado encabezado por su líder hace 19 años y hubiese escogido a Ollanta Humala como el político que le falta doblegar para hacer que todos queden encuadrados en el dogma encarnado en el documento elaborado y votado por los seguidores de Alberto Fujimori.

| 03 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.5k Lecturas
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La chilla de 28 de julio revelaba una nítida voluntad de impedir que el nuevo gobierno comience sus funciones. Pero no solo se trata de ella, o de su carnal Salgado que se trasladó hasta la mesa para pedir la intervención de Abugattás en pleno discurso del presidente. La verdad es que todo el fujimorismo, incluida la calculadora Keiko, ha avalado aunque sea a regañadientes, la conducta de su representante más extrema y están cerrando filas contra la sanción.

¿Qué quiere decir esto?

Una sola cosa: que el partido naranja ha tomado la juramentación de Ollanta como una declaratoria de guerra. El tema ya no es si cada quien puede jurar como le parezca, afirmando sus convicciones, sino que no nos puede gobernar un presidente que subraya su distancia con el marco institucional y normativo vigente, y que no teme oponerle los principios y valores que eran consenso en el país antes de la interrupción cívico militar del 5 de abril de 1992, en que se impuso una visión cerrada que no admite discusiones.

Ollanta los ha empujado a su verdadera esquina. Ha probado que la Constitución de 1993 no es la de las inversiones, como se pretende, sino la del inmovilismo, de la anulación de la capacidad del Estado para liderar el desarrollo y la integración social, y por sobre todo la de la violencia institucionalizada, donde el que tiene la fuerza impone la ley a los demás. Ahí hemos visto a los fujimorista reaccionar como gladiadores para cerrar el paso a la posibilidad de que se ponga al desnudo la sustancia del orden de los 90 y 2000.

La derecha dizque democrática que se sometió hace mucho a la regla del dictador y que vive pendiente de los miedos capitalistas a cualquier iniciativa de cambio, se ha descolocado por la beligerancia de los neogolpistas encabezados por la Chávez y no ha podido alinearse con ellos. Es un punto para Ollanta que ha terminado por identificar el orden democrático con la defensa del presidente. Esta ha sido una victoria política que le brinda un fuerte aliento a un gobierno que recién comienza y que había trastabillado en los días previos a la juramentación.

En la noche del 28, la gran masa festejaba tener un gobierno más cercano a ellos, y la voluntad de realizar las reformas sociales que se había expresado en el discurso, no obstante la prudencia de algunos anuncios y la ambigüedad de algunas expresiones. Los analistas políticos teníamos a su vez una materia de discusión inmejorable. Ya nadie podrá eludir la noción clave de que detrás del debate sobre la Constitución está el de saber en base a qué intereses se dirige el país, o en otras palabras, cuán ancha es la base de sustentación del poder. El fujimorismo al que el país le cerró la ruta de regreso al gobierno el 5 de junio, todavía tiene la Constitución del 93 para jaquear al país. Ollanta los ha desafiado en el corazón de su proyecto.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista

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