Hacerse el sueco

Desde que el Nobel de Literatura se lo entregaron a Winston Churchill en 1953, la Academia Sueca, que reparte la bolsa dejada por el inventor de la dinamita, no había caído tan bajo ni hecho tan divino ridículo.

| 10 octubre 2009 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 820 Lecturas
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Churchill escribía correcta y patrióticamente, pero eso de darle el Nobel fue parte de la guerra fría y de los enjuagues académico-políticos que están alrededor del premio.

-Claro –dirán algunos-, pero qué puede esperarse de quienes le dieron el galardón a José de Echegaray y se lo negaron a James Joyce, que es el Cervantes irlandés y el padre prolífico de la novela moderna.

Lo que pasa es que siempre habrá un margen de discusión respecto de los gustos y el peso de las plumas –y eso como que rebaja el nivel de los crímenes perpetrados en Estocolmo en relación a la literatura.

Lo que no tiene perdón es lo que han hecho ayer con el Nobel de la Paz. Simplemente, lo han acribillado. Lo han volado con la nitroglicerina que hizo obscenamente rico a Alfred Nobel.

A no ser que ya no se trate de un premio sino de una profecía de buena voluntad, el Nobel dado a Barack Obama es una burla y un insulto para quienes, como Nelson Mandela o el Comité Internacional de la Cruz Roja, sí tuvieron todos los méritos para recibirlo.

Es cierto que el Nobel de la Paz también ha sido moneda convertible en el manoseo conservador de los académicos suecos: de otra manera no se explica que se lo hayan prendido en el ojal Theodore Roosevelt, Thomas Woodrow Wilson o el infame Henry Kissinger.

Pero Obama es presidente en ejercicio, no ha cumplido un año de mandato y no ha hecho por la paz nada más que prometerla.

Mientras tanto, libra dos guerras invasivas y sanguinarias que han ocasionado miles de muertos civiles, no ha movido un solo dedo para que Israel deje de construir asentamientos ilegales en Cisjordania, está dispuesto a autorizar un ataque “preventivo” en contra de Irán, se ha negado a publicar más testimonios gráficos en torno a las torturas practicadas en las cárceles oficiales de Irak, ha impedido la desclasificación de documentos que comprometen a la CIA en asesinatos ejecutados en países extranjeros, está a punto de mandar más tropas a Afganistán y ni siquiera se ha atrevido a cerrar el campo de concentración de Guantánamo.

¿Y a este imitador de García en el plano internacional le dan el Nobel de la Paz?

¿Cuál paz?

¿La que la CIA fomenta en Bolivia, financiando al separatismo de la media luna? ¿O la que instigó en Caracas con el golpe de Estado? ¿O la que el Departamento de Estado mantiene para Cuba?

El señor Obama ni siquiera ha fracasado en el intento de pacificar el medio oriente. Y no ha fracasado porque no lo ha intentado, como sí lo intentó Jimmy Carter en Camp David. O como sí lo intentó –y de verdad- Bill Clinton. Esos fueron, en todo caso, honrosísimos fracasos.

Mister Obama, en cambio, sigue tolerando que los palestinos despatriados sean considerados por debajo de la escala humana. Y sigue creyendo, aunque en sus discursos entretenga a la concurrencia con algunas audacias, que los Estados Unidos son la Interpol imperial con jurisdicción planetaria.

Thorbjorn Jagland, el nuevo presidente del Comité Nobel, ha llegado a ser cómico hablando de una de las razones que podrían haber pesado en la decisión. Jagland ha dado a entender que con Obama “el multilateralismo ha regresado”.

¿Se puede hablar de multilateralismo resurrecto cuando Europa sigue siendo socia subordinada hasta de las aventuras criminales de la política exterior de los Estados Unidos?

¿Qué multilateralismo es este en el que casi todos –incluyendo a Japón y a China- parecen estar de acuerdo con los grandes lineamientos de la Casa Blanca?

No menciono a la Federación Rusa porque, como ustedes saben, está neutralizada por los problemas de su patio trasero (desde Georgia a las Osetias pasando por el masivo regreso al islamismo de Kazajistán).

Es tan multilateral la política de Obama, según los suecos nobelísticos, que Latinoamérica no conoce el texto del tratado que le permite a los Estados Unidos tener siete bases militares en Colombia.

En fin, que el Nobel de la Paz en paz descansa.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista