Gracias a ti vive conmigo

Cuando mataba el tiempo en el Facebook, a Pedro le pareció una curiosidad el dato que más de quince amigos suyos de la red cumplen años en setiembre. Él era uno de ellos y al responderse algunas preguntas obvias llegó a la conclusión de que esos amigos suyos habían sido concebidos en diciembre.

| 12 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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“En diciembre, vaya”, pensó y escribió en su muro: “Seguramente nos hicieron luego de la cena navideña o quizá después del tono de Año Nuevo o tal vez durante la fiesta misma”, y lo etiquetó a sus quince amigos. Las reacciones a su comentario llegaron casi instantáneamente. Frases creativas, frases tontas, de todo un poco, algunas algo estúpidas. De pronto, alguien lanzó una pregunta: “¿Saben cómo le dicen a Pedro?”. “¿Cómo?”. “Le dicen autogol”. “¿Por qué?”. “Porque lo hicieron sin querer”. A Pedro no le hizo gracia la broma de su primo tanto que tuvo que eliminar su comentario de que sus amigos fueron concebidos durante las fiestas navideñas.

Llamó a su primo. “Gracioso, eres”. “Tranquilo, es un chiste”. “Payaso, eres”. “Tranquilo, Pedro”. Pedro estaba realmente enojado porque eso de que es un hijo no deseado le ha dado vueltas en la cabeza desde aquella noche en que su padre, totalmente ebrio, le dijo: “Te amo a ti, hijo; pero a tu madre la detesto. Por ti debo soportarla”.

En aquel tiempo Pedro tenía apenas diez años de edad. Este mes cumplirá veinticinco. Él contó ayer que el día en que le hicieron la broma de que le decían autogol habló con su madre y le contó la escena de su padre ebrio.

—¿Cómo te va con papá?

—Qué rara tu pregunta.

—Puede ser rara; pero merece ser contestada, ¿no?

—Ay, haces esa pregunta porque te crees con derecho de saber todo porque cumplirás veinticinco.

—Tan mal te va con él.

—A mí siempre me irá bien con él, hijo. Lo amo con todas las fuerzas de mi corazón. Me enamoré jovencita. Tenía veinte años y él treintaicuatro. Me enamoré perdidamente; pero él ya estaba casado. Igual lo amé, lo amé, lo amé, como una loca segada por un amor misterioso. Sé que él nunca me amó, porque jamás me perdonará que por mí se destruyera su matrimonio.

—Ya no quiero saber más.

—Hijo, creo que merezco que me escuches. Cierto día, su esposa me vio besándolo casi a la fuerza. Malogré su matrimonio. No puedes imaginarte. Hace como veinticinco años lo rescaté de un bar donde lloraba desconsolado la pérdida del amor de su vida. Lo saqué de ahí y lo emborraché aún más en un cuartito donde yo vivía sola. Creo que lo obligué y el producto de aquella noche extraña eres tú. Gracias a ti, hijo, él vive con nosotros. Mejor dicho, vive conmigo. Paro ya de contar eso. No quiero que tú también me detestes.

—Sigue.

—Ya es suficiente.


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