Gorilas en la niebla

Es curiosa la celebración de la violencia y la adulación de la estupidez. Se celebra, por ejemplo, el predominio de la fuerza sobre la razón en el caso de los sesenta años de Israel y se adula la estupidez norteamericana aupada en la dirección general del planeta.

| 10 mayo 2008 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 470 Lecturas
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Muy pocos hablan del holocausto palestino, del terrorismo de Irgun, de las palabras que Mahatma Ghandi dedicó a condenar el despojo que sufrieron los árabes que, mayoritariamente, poblaban la Palestina bajo dominio turco hasta la primera guerra mundial. Y menos son todavía los que se atreven a recordar la veintena de resoluciones de la ONU que Israel ha lanzado al tacho de la basura o de la cincuentena de armas atómicas que podría arrojar sobre sus enemigos en el momento que obtuviese la siempre ávida aprobación de los Estados Unidos.

Y así como la fiereza de Israel es celebrada por el sionismo internacional y sus fanáticos a sueldo, del mismo modo la Europa que inventó la razón moderna y el humanismo como sustituto de la religión se pliega al mundo monocromático que Estados Unidos nos ha propuesto como escenario y encierro.

Quién hubiera dicho, en mayo de 1968, que cuarenta años más tarde un palurdo evasor fiscal como Berlusconi gobernaría por cuarta vez la Italia que inventó el Renacimiento y creó la mirada con la que seguimos mirando los objetos del arte y lo que queda de bello de las ciudades. Quién hubiese imaginado por esos mismos años que un señor llamado Nicolás Sarkozy se sentaría, con toda su vulgaridad a cuestas, en el mismo sillón que alguna vez ocuparan Blum o De Gaulle, y miraría pasar el cadáver del socialismo francés mitad Lionel Jospin y mitad Ségoléne Royal.

Y quién hubiese dicho, en la época en que Haya de la Torre leía el periódico del Labour Party inglés, que el laborismo británico terminaría en la sonrisa smithsoniana de Tony Blair y en la sencilla nada intelectual de su chofer, el señor Gordon Brown. O que aquel partido que Pablo Iglesias construyó para la contestación vararía en alguna playa de Mallorca con la cara de Felipe González y el programa de Carlos Solchaga.

Pero así ha sido. Europa se ha ido difuminando como entidad cultural e intérprete del mundo. Y su norteamericanización –si es que tal término resulta aceptable– no sólo ha masacrado sus inteligencias, empobrecido su prensa, diezmado sus universidades, sino que la ha convertido, en muchos sentidos, en comparsa política de la locura imperial de los Estados Unidos.

Estados Unidos quiere hacerle creer a los incautos que su apelación a la fuerza proviene del 11 de septiembre. Lo que parece más cierto es que el 11 de septiembre fue la horrorosa respuesta al horror cincuentenario que Estados ­Unidos había esparcido en el mundo que creyó suyo –sobre todo ese Medio Oriente que es la madre de todos los errores de la política exterior de Wa­shington–.

Lo que ha sucedido con la democracia norteamericana, además, es que ha dejado de ser bipartidista –lo que ya era una manera raquítica de entender la democracia–. Basta escuchar a los tres candidatos vigentes para comprender que hoy Estados Unidos es un ejército en pie de guerra, una clase política que cree que el patriotismo consiste en sacrificar la democracia y unas corporaciones pletóricas de rufianes que tienen el encargo de reconstruir –con grandes sobreprecios– lo que la soldadesca imperial destruye preferiblemente desde el aire.

Desde los tiempos de Arbenz y Trujillo, de Mogadesh y Somoza, el mundo no padecía tan simiesca exhibición de fuerza. Y con China empeñada en ser la potencia del siglo XXI, Rusia lamiendo sus heridas y Europa barrida por un Katrina de derechas que ha hecho del mariscal Petain casi un profeta, Estados Unidos impone su agenda de guerras, amenazas y devastación ambiental en nombre de la economía globalizada (para ellos) y reprimarizada (para nosotros).

Estoy seguro de que en algunas partes del mundo hay ­equipos de científicos fascinados con este momento de la humanidad. Les debe parecer extraordinario que esta especie humana que prometía tanto se haya rendido, por fin, ante el gran adversario: la parte primitiva del mamífero cerebro que nunca dejó de poseer, la parte primordial del cerebro que esperó su oportunidad (que toleró a regañadientes el pensamiento abstracto, la filosofía, el arte) y que, con el rostro de Bush, hoy nos encara su éxito y se golpea el pecho.

Hace poco, Noam Chomsky recordó de pasada al gran biólogo alemán Ernst Mayr, muerto en el 2005 a los cien años de edad. Pues bien, Mayr, considerado el Darwin del siglo XX y el evolucionista más grande de las últimas décadas, tenía una reflexión a la mano cada vez que le preguntaban si creía en la posibilidad de vida extraterrestre.

Decía que no creía en esa posibilidad porque la vida se ­originó en la Tierra hace unos 3,800 millones de años, la estirpe simiesca de donde vino el hombre nació unos seis o siete millones de años y la inteligencia humana tiene apenas menos de trescientos mil años. Por lo tanto, añadía, las posibilidades estadísticas de que tal curso de procesos se repitiera en otros lugares del universo eran remotas. Pero Mayr agregaba a este discurso que proponía la soledad cósmica, un escalofrío que tiene que ver mucho con el mundo que hemos creado y padecemos: la inteligencia superior –reflexionaba– bien puede ser un error supremo de la evolución. Y lo que le hacía decir ­eso era lo que el hombre era capaz de hacer, en materia ambiental, con el planeta que lo había acogido y adoptado. La imagen de un simio alfa con un detonador atómico en una de sus garras puede ser la más pertinente para entender a Mayr y al mundo actual.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista

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