Globos de santo ensayo

Ya nadie busca al sacerdote Adelir Antonio de Carli, de 41 años, elevado a los altares del ozono por un millar de globos llenos de helio.

| 17 mayo 2008 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
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La Fuerza Aérea brasileña lo declaró desaparecido después de que sus aviones de búsqueda cubrieran unos cinco mil kilómetros cuadrados de tierra y mar.

La Armada también lo ha declarado virtual y desangelado difunto después de que dos barcos y un helicóptero investigaran durante 135 horas el paradero de quien había partido de la ciudad portuaria de Paranagua, en Paraná, al sur de Brasil.

Hasta los barcos pesqueros que no se dieron por vencidos en los primeros días han tenido que reconocer que el cura Adelir Antonio se ha esfumado en los aires revueltos que están sobre el Atlántico. Y lo mismo pasó con los bomberos, que intentaron divisar a este aeronauta divinamente loco no en el mar sino en las montañas costeras densamente arboladas donde una ráfaga de viento –pensaron– podía haberlo arrojado.

Pero nada. Y la verdad es que todo empezó a saber a desgracia cuando unas decenas de los globos que lo ha­bían hecho trepar hasta las nubes que limitan con el santoral fueron vistas desde un ­avión flotando a duras penas en el oleaje. Los globos pare­cían blandengues, laicos, fracasados.

Este santo de la autopropulsión había despegado provisto de un casco impermeable, un traje térmico de aluminio, comida y ­agua suficientes para las 20 horas de su travesía, pastillas energizantes, dos teléfonos celulares y un sistema GPS de localización por satélite.

La última vez que escucharon su voz fue ocho horas después del vertical decolaje, cuando preguntó a través de un celular cómo debía operar el GPS porque sentía que se estaba desviando de la ruta más o menos prevista. Su voz era la de un desesperado. Fue en ese momento que la comunicación se llenó de borborigmos y raspones electrónicos y se interrumpió.

De Carli no era un primerizo en temeridades. En ­enero de este año había volado, en la misma disparatada aerolínea de helio y aventones, desde Paraná hasta una localidad próxima a la frontera con Argentina. Esa vez había empleado sólo 500 globos y había recorrido 110 kilómetros en cuatro horas hasta aterrizar con sus propios pies en Misiones. Pero eso no le bastó. Estaba obsesionado con batir el récord Guinness de un norteamericano que había estado colgado de un racimo de globos de gas ­aligerado durante 19 horas. Y quería, además, recoger todo el dinero que su hazaña pudiese darle para crear la Pastoral de las Carreteras y el Santuario del Camionero.

Pero el diario “Folha de Sao Paulo” acusó a Ernesto Klein, organizador del viaje de este cura-globo, de ­irresponsabilidad extrema señalando que el sacerdote había sido expulsado de unas clases de parapente por su incapacidad para aceptar instrucciones.

“Creía saberlo todo”, dijo uno de sus instructores. “Lo que ha hecho es suicidarse de una manera novelesca”, añadió.

A diferencia del funámbulo y escritor Philippe Petit y de Alain Robert, el hombre araña, –ambos franceses y ambos muy cuidadosos en la preparación de sus excesos– el cura De Carli puso toda su fe en la protección superlativa y casi de índole gremial que creyó merecer. No fue Dios, sin embargo, el capitán de los vientos que lo llevaron no al oeste, como esperaba, sino el sureste, mar adentro y muerte fría.

uizás los católicos piensen que así Él castigó la soberbia de un hijo que parecía desafiarlo todo. Yo pienso, más bien, que así Dios pudo querer demostrarnos qué poco tiene que ver con el régimen de los vientos, los enojos del mar y, en general, con el clima que el hombre ha enloquecido. La desprotección hacia su pastor puesta de manifiesto por Dios en este caso ­equivale a una declaración ­editorial de “L’ Osservatore ­Romano”.

En cuanto a De Carli, quizás no se haya muerto sino que ha decidido quedarse a mirarnos por todo lo alto. Si el Vaticano fuese más justo y divertido ya estaría repartiendo en su prensa la historia de este santo varón nada rampante que fue al asalto del cielo y a la gloria de las alturas con argumentos tan gaseosos como los de muchos que sí lo lograron y que hoy son parte de la Nomenclatura.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista