Generales Gallina

El general Gallina va al megajuicio del gángster Fujimori y dice: “No me acuerdo”

“Nunca me enteré”

“¿Qué documento?”

| 22 abril 2008 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 547 Lecturas
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“Yo hacía análisis de Inteligencia”

“¿Cómo iba a saberlo si no era mi área?”

“Eso ya se lo contesté al doctor Nakasaki”

El general Gallina era muy valiente cuando mandaba cavar sus fosas a las víctimas, o decidía volar con una granada una barraca de paisanos, o saludaba con voz de trueno a Hermoza Ríos en los desfiles militares. Era muy valiente con los desarmados y con los indefensos. Era un tigre con las viejas de Cayara, los churrupacos de Barrios Altos, los sindicalistas del Santa, el periodista de Los Cabitos.

El general Gallina desciende en sucesión vertical de Mariano Ignacio Prado y Ochoa, el huanuqueño general presidente que se fue de viaje en plena guerra con Chile, por un lado, y del general Atahualpa, que se dejó atrapar en plena plaza y permitió que un patán nos enseñara el castellano, por el otro.

El afluente mayor de este Amazonas gallináceo es don Mariano, por supuesto. Porque Atahualpa como que improvisó el miedo. Prado, en cambio, elaboró un miedo paciente y, casi se diría, magistral.

Su historia ha sido piadosamente preservada por los que mandan porque, al fin y al cabo, don Mariano es uno de los fundadores del Perú plutocrático aun hoy vigente. No se puede reconocer así nomás que el bisabuelo fue un traidor y que el árbol genealógico de la derecha peruana abunda en asaltabancos como Echenique y en huidizos raudos como los de algunas batallas por la defensa de Lima. La historia del Perú que se cuenta a los escolares narra sucesivas desgracias pero no nombra responsables. Como si la desgracia llegara con el clima como un maná invertido.

Chile nos declaró la guerra el 5 de abril de 1879, en plena presidencia de Mariano Ignacio Prado, la que había empezado el 2 de agosto de 1876. Al principio, hubo esperanzas. Pero con la pérdida de la fragata “Independencia” y del blindado “Huáscar”, en octubre de 1879, el mar quedó descubierto y el desembarco de las soldadescas del sur se vio como inexorable.

El 18 de diciembre de 1879, en plena guerra, con la flota chilena asomándose por el Callao, Mariano Ignacio Prado, el presidente de la República, el comandante de todos los ejércitos, el Director de la guerra, se va en secreto del país que debía defender hasta la última hora. Se va de noche y en secreto.

Deja al incompetente general Luis La Puerta como presidente. Y deja, para la Historia General de la Cobardía (todavía no escrita), la siguiente proclama:

“Conciudadanos: Los grandes intereses de la Patria exigen que hoy parta para el extranjero, separándome temporalmente de vosotros, en los momentos en que consideraciones de otro orden me aconsejan permanecer a vuestro lado. Muy grandes y muy poderosos son, en efecto, los motivos que me inducen a tomar esta resolución. Respetadla, que algún derecho tiene para exigirlo así el hombre que como yo sirve al país con buena voluntad y completa abnegación… Al despedirme, os dejo la seguridad de que estaré oportunamente en medio de vosotros. Tened fé en vuestro conciudadano y amigo”. Mariano Ignacio Prado. Lima, Diciembre 18 de 1879.”

Se va don Mariano y no dice por qué. Se va y no dice por cuánto tiempo. Se va a hurtadillas. Se va como se van los allanadores, los ladronzuelos, los donjuanes aventajados. Y después dirá que se fue en secreto “para evitar que lo supiese el enemigo, que a la sazón cruzaba con su flota por el Callao”. Y añade: “(Y también) para no caer prisionero, como habría sucedido en una de las veces que los chilenos abordaron el buque, si hubieran sospechado que yo iba en él”. (Declaración de Nueva York, 7 de agosto de 1880).

¿Y por qué se va?

Siempre lo repitió: para comprar él mismo, en persona, los blindados que nos hacían falta para restaurar el equilibrio naval. Los biógrafos alquilados por sus descendientes, los cobardes que encontraron en él un paradigma inconfesable, los generales Gallina de todas las épocas vienen de esa misma noche del 18 de diciembre de 1879.

¿Y logró algo esta madre de todos los Gallinas?

Por supuesto que no. En esa misma declaración neoyorquina admite: “Desgraciadamente nada he podido hacer todavía. Sin recursos, desautorizado y contrariado y enfermo como me encuentro, todos mis esfuerzos se escollan ante las dificultades que me rodean; no desespero, sin embargo; esas mismas dificultades son un estímulo más para insistir en mi propósito y mi trabajo”. Lo que no dice es que cualquier gestión para comprar armas o buques hubiese tenido que hacerse en Europa, no en Nueva York, desde donde trata de explicarse. Y lo que no aclara es que era imposible comprar armas a ninguna potencia una vez declarada la guerra, dada la declaración de neutralidad que Inglaterra alentó y cundió en todos los frentes.

Piérola toma el poder tras la huida de don Mariano. Piérola es valiente pero toma las peores decisiones porque tiene que prescindir de los jefes militares leales a Prado. Improvisa y yerra. Innova y hunde más al país. Prado no sólo se ha fugado sino que ha asegurado la derrota del Perú. Misión completa.

Sus biógrafos de alquiler dicen que el mismo día de la declaración de guerra, don Mariano renunció al generalato divisionario con que Chile –donde vivió varios años– lo había investido por su amistad especial. En efecto, don Mariano, como presidente de facto tras derrocar a Diez Canseco, había salvado a Chile del bombardeo de la flota española en 1866. Y lo había hecho con la mirada americanista que Chile parecía alentar también. Cuando la flota peninsular bombardeó Valparaíso, nuestra armada salió en defensa del vecino agredido. Chile no había encargado todavía la construcción de los blindados con que nos aplastaría trece años después.

Prado regresó al Perú sólo en 1886. Como en el Perú el olvido es siempre lo más conveniente, no fue juzgado. En 1899 dicen que empezó a sentirse mal. Entonces se fue a París, donde quiso morir y donde murió el 5 de mayo de 1901 a la muy noble edad de 75 años. Hubo discursos emocionados y bandas militares.

De esos sedimentos, de esa Taboada ancestral y oculta, vienen los generales Gallina, los que se arrodillaron ante Fujimori, el otro fugitivo, el de nuestra época. De allí vienen las sombras y los sarros. De allí proceden los salazar, los hermoza, los rivas y sus escribas subarrendados.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista