Gato techero

La madre de Sandra Carpio se encolerizó cuando Henry Llanos le dijo que amaba a su hija. “Mi hija apenas tiene 17 años y no está para perder el tiempo en amores con usted. Ella tiene que estudiar”, le dijo con rabia en los ojos. Henry se asustó y respondió para calmarla: “Solo somos amigos, señora”.

| 29 agosto 2012 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 841 Lecturas
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Sandra y Henry se enamoraron a primera vista en aquel barrio de casas a medio construir y con cuartos prefabricados en los techos. Sus casas estaban juntas y sus cuartos estaban en el segundo piso separados apenas por un muro pequeño. Esa pared fue cómplice de aquel amor enloquecido. Sandra amanecía una noche en el cuarto de Henry, y la siguiente noche, Henry, en el cuarto de Sandra.

—Te amo, mi gato techero —le decía Sandra.

—Tú eres mi gatita linda —contestaba Henry.

Todo era felicidad hasta que una madrugada muy fría la madre de Sandra subió a ver si su hija estaba durmiendo abrigada. No la encontró y muy asustada empezó a buscarla y en medio de la noche silenciosa escuchó voces que venían del cuarto de Henry: “Te amo, mi gato techero”. “Te amo, mi gatita linda”. Extrañamente se llenó de ternura pese a la rabia que sentía y dejó a los amantes, porque cuando era jovencita su padre había frustrado su primera vez a punta de palos y no quiso hacer lo mismo para evitarle vergüenzas a su hija.

Sin embargo, odió con toda su alma a Henry y sus tatuajes, quien tenía ya 20 años. “Lo denunciaré al maldito, lo denunciaré. No, mejor le doy su merecido”, pensó. Intuyó que la noche siguiente Henry iba a cruzar el techo para amanecerse con Sandra. No dejó de pensar en Henry todo el día y cuando su hija le dijo “mami, voy a dormir”, ella contestó: “Tú te quedas aquí. Dame tu celular. Entra en mi cuarto”. “¿Mamá, qué te pasa?”. “No me pasa nada. Solo que esta noche voy a dormir yo en tu cuarto. Entra al mío. ¿Crees que puedes hacer lo que te da la gana, porque tu padre no vive con nosotros?”. “¡Mami, por favor!”. “Nada que por favor. Entra, mocosa”.

La dejó con llave en su cuarto y subió con un bate de béisbol extranjero. Se acomodó en la cama sin prender la luz y al rato llegó el gato techero haciendo “miau, miau”. La noche impidió ver el rostro de la señora sacándole la mugre al pobre gato, quien fue golpeado hasta el amanecer. “Suegrita, ya no”. “No me digas, así, gato flaco. Deja de estar cruzando el techo. La próxima vez, ya no vendré con un bate sino con un cuchillo de chancho, maldito”, dijo.

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El Escorpión

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