Güepi y Petrobrás o la muerte de la naturaleza

Un inventario preliminar de la biodiversidad en el corazón de Parque Nacional Güepi (203,882 hás.) y de las Reservas Comunales Airo Pai (248,095 hás.) y Huimeki (142,832 hás.) registra un stock genético que compite con las áreas megadiversas del planeta: 1400 especies de plantas, 184 de peces, 59 de anfibios, 48 de reptiles, 437 de aves y 46 de mamíferos medianos y grandes.

| 31 octubre 2011 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.9k Lecturas
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En 11 de los 30 lagos existentes en el Parque y las Reservas Comunales hay 1500 paiches que fueron librados de la extinción cuando la zona fue saqueada por los pescadores y cazadores comerciales en los noventas del siglo pasado. En 7 de los lagos retozan casi una veintena de vacas marinas, delfines grises y rosados, lobos de río, charapas, taricayas y cupisos. De vez en cuando águilas harpías sobrevuelan los cielos.

Pero no sólo la fauna habita este universo. Desde hace siglos, quizás milenios, Kichwas, Secoyas (familia etnolingüística Tucano) y Huitotos interactúan con esta naturaleza casi en estado virginal.

Sin embargo, este paraíso amazónico pronto será un infierno y toda esta vida se habrá extinguido, incluyendo los seres humanos que huirán para sobrevivir en alguna ciudad en el límite de la marginalidad y la pobreza extrema.

Porque el territorio del Parque y de las Reservas Comunales ha sido lotizado por el Estado -ocurre con el 70 por ciento del espacio amazónico peruano- a la multinacional brasileña Petrobrás y sus socias, la colombiana Ecopetrol e Impex North de Japón, en una inmensa superficie de 1 millón 400 mil hectáreas, en la frontera con Ecuador y Colombia.

Ya el sólo hecho de que un lote petrolero esté superpuesto a tierras y territorios indígenas y a áreas de conservación biológica debería considerarse una amenaza al ambiente y la vida humana, una política de Estado errada, cortoplacista, un extractivismo extremo que quiere comerse a la gallina de los huevos de oro de la riqueza natural sin importarle el futuro.

Pero además el lote 117 ha sido entregado luego de un proceso plagado de irregularidades. Pruebas a la vista: la categorización del área se concluyó en marzo del 2006. Pero el Estado, en este caso Perupetro, otorgó la concesión a Petrobrás en mayo de ese mismo año, pasando por encima de la autoridad ambiental, es decir sin la aprobación técnica de la autoridad competente, el INRENA en ese entonces.

Los 900 Secoyas, agrupados en la Organización Indígena Secoya del Perú (OISPE), los 2000 Kichwas integrados a la Federación Indígena Kichwa del Alto Putumayo (FICAPIR) y de la Organización Indígena Kichwa Wangurina del Alto Napo y los 240 Witotos jamás fueron consultados si es que estaban de acuerdo o no para que la petrolera entrara a sus tierras.

Una decena de dirigentes Secoya, Kichwa y Witoto llegaron a Lima hace algunos días. Viajaron 10 días desde el Alto Putumayo para llegar a Lima y reclamar sus derechos a la vida. Pero la distancia entre el Estado y sus demandas, sus aspiraciones, sus sueños no se miden en kilómetros, sino en siglos.

“Queremos que el Estado reconozca nuestros derechos a la vida. Pedimos que la petrolera reconozca que nosotros estuvimos antes que ellos y nosotros tenemos derecho sobre nuestras tierras y territorios”, exigen a viva voz los dirigentes Guido Sandoval, Demesio Tangoa Guerra y Enrique Coquinche, en medio del tráfago de una ciudad que es la otra cara de su paraíso amenazado.


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