Fútbol, pare de mentir

Claudio Pizarro no necesitó estar en el once titular de la selección peruana de fútbol el pasado domingo para que el equipo de Markarián vuelva a perder. No necesitaron estar los llamados “4 fantásticos” para reafirmar que somos los últimos de la región. Estaban heridos y la prensa, implacable, los seguía inflando. Las figuras “extranjeras” le habían pegado una patada más a la ilusión del hincha. Y en aquel embellecido Estadio Nacional -donde tantas veces hubo algarabía y esa tarde noche ya solo tristeza— la historia reciente finiquitó su último capítulo de la deshonra. Y cuando uno se pregunta si esta pesadilla es reciente, entonces hay que revisar la historia.

Por Diario La Primera | 10 jun 2012 |    
Fútbol, pare de mentir

La estrella fulgurante del estadio peruano sólo existe si es dueña del dramatismo más cruel. Alejandro “Manguera” Villanueva es el paradigma. Muere al costado de sus horas de la gloria consumido por la tuberculosis. La aureola del crack es proporcional a su tragedia. En Huaral, la celebridad Pedrito Ruiz no se recupera del castigo de una cirrosis injusta. Paradójico, el astro es más famoso porque es dramáticamente más humano. Rozando el fujimorismo se leía en el polo del hincha: “Liberen a Chumpitaz” como si el futbolista perteneciera a la caterva de corruptos que 12 años después todavía repleta las cárceles del Perú.

Paradoja, el crack es frágil porque goza del reconocimiento del imaginario de las graderías. El Cholo Sotil no puede driblear su pasión por el alcohol. Es sublimado en extremo porque su sufrimiento orilla los designios de la muerte más que en los fogonazos de la vida. Carlos “Kukín” Flores se parece a Walter Daga no porque los dos jugaron en el Sport Boys sino porque militaron a la orilla del delito. Sandro Baylón manejaba de amanecida y la muerte lo despertó al estrellarse contra la flor del destino. Una más, el “maestro” Roberto Challe era detenido por el Serenazgo de San Borja e internado en un centro para adictos a la PBC. De los futbolistas de hoy, ni con el pétalo de una rosa, se lesionan. Así, los que juegan al fútbol pertenecen a nuestro acervo fallido del balompié glorioso aunque interruptus. Todo un récord que no amortigua ni salva ni sus breves títulos.

La historia de nuestro fútbol explica que la gesta épica colinda con los designios de la muerte y los fastos de la comedia. Los Olímpicos de 1936, los ganadores de los laureles más pomposos del deporte, por ejemplo, y aunque contradiga a don Eduardo Galeano. En Berlín, el COI exigió que se vuelva a jugar contra Austria. El presidente Benavides desde Lima mandó un telegrama: “Que se retire la delegación peruana”. Nuestros deportistas, luego, estuvieron vagando por Europa, desolados y hambrientos. De regreso al Perú en la tercera de un endeble vapor se sorprendieron al ser recibidos como héroes. Estupefactos, los del equipo de fútbol oyeron a la masa gritar en La Colmena: “Vencimos a los nazis”. “Derrotamos a Hitler”. “Arriba Perú”.

El fútbol había nacido como nuestra democracia, endeble y sin instituciones. En todo caso, la clase obrera no trasladó su pasión del gozo a los terrales del foot ball, lo llevó los fines de semana a los pagos de la jarana. Por eso el alarido de gol no sonaba más que el grito de: “Dos más”. Y qué futbolista no era ‘juerguero’. Lo suyo fue un profesionalismo gris. Así, el fútbol no desarrolló clubes o instituciones [el paradigma brasileño es irremplazable], menos estadios, mucho menos hinchadas. Se era del Boys porque uno era chalaco, de Alianza porque se era obrero o subempleado, de la «U» porque uno era profesional, del Tabaco porque había ascendido socialmente. Los clubes no despertaron un fanatismo-motor. Las barras se fueron consolidando a la usanza argentina. Las comunidades pasionales eran tan endebles como los amores furtivos.

Sólo Teodoro “Lolo” Fernández vivió en aromas de pueblo, con su mujercita, su corazón de Jesús, su radio RCA Víctor y su té con su pan con jamonada. Aun así, tuvo una muerte desheredada de la humilde comodidad del astro. Valeriano López, de estrambótico tamizado de oropel era más temido que admirado en el grass inglés del viejo Estadio Nacional. Luego, en el puerto, la complicidad de sus carnales lo denunciaban de borracho, parrandero y carne del lumpenaje. Cierto, la humildad y promiscuidad del pobre no produce doctores ni científicos a raudales, sí futbolistas, vedettes y a veces, periodistas.

La estirpe de arqueros peruanos es generosa en el pasado más remoto [Valdivieso, Soriano, Honores, Ormeño], según Zelada, por falta de talento en la gambeta o por problemas de psicopatías infantiles. Y vamos que los arqueros que heredamos debieron ser condenados por traición a la patria. A saber, Rubiños, Chicho Uribe, Eusebio Acasuzo, por nombrar a los tres más torrejas, el resto existe gracias al síndrome del ‘llevafacilismo’.

Los defensas gozaron del brillo de sus navajas de matarifes y guadañeros. Sólo un catastro policial puede ubicar sus nombres. El «Chueco» Guzmán, «Cuchimán» Rivas, Eloy Campos, el «Muerto» Gonzales, el «Doctor» Lara, son apenas una muestra de esta galería de cortadores en el mejor estilo que los cuchilleros de Borges. Un central como Guillermo Delgado es un ave raris igual como lo fue Nicolás Fuentes o Juan Reinoso. El heredero era Sandro Baylón, pero ahora está enterrado igual que «Pechito» Farfán.

En el medio campo hubo responsabilidad y genio. Challe ya está consignado, Pedrito también. Y aunque Perico León era 9, qué bien la hacía de enganche. El relato de El Veco y Menotti, testigos de la noche anterior al Perú-Brasil en Guadalajara [Mundial México 70] sorprende. En el hotel campestre un griterío los despertó a medianoche. Eran los peruanos [Perico, Eladio, Baylón, Campos etc.] en plena jarana. Y pensar que jugaban al mediodía. Entonces todo fue festejo hasta que apareció el sol. Ese día perdieron contra Brasil 4 a 2.

Hugo Sotil es el prototipo del hombre a quien el éxito se le escurre entre los dedos. El Cholo lo tenía todo. En la cúspide de su carrera fue contratado por el Barcelona español. Qué no hizo el Cholo. Ganó títulos, hizo goles, dio espectáculo y se comió todas las patadas. Igual, era querido por los obreros del club con quien solía gastar su fortuna en los villorrios del puerto. Luego, sin el auto espectacular y sin plata, terminó jugando en provincias sorprendido de tristezas. Hoy es una sombra hinchada por la ternura de las estrellas apagadas y sigue soñando con el Johan, su hijo, que firme un buen contrato y le dé su parte. Desgraciados y populares, nuestros cracks son carne para el imaginario del pueblo del fútbol. Las hazañas así devienen en gestas extra deportivas.

De cantinas: Valeriano prendía cigarros con billetes de cien dólares. De las alcobas: Sotil tuvo un hijo con la actriz que compartía roles en la película “Cholo”. Del destino: El plantel profesional del Alianza Lima desaparece tras misterioso accidente aéreo en el mar de Ventanilla el 8 de diciembre de 1987. De callejón: Waldir Sáenz fue el futbolista más citado en las páginas de espectáculos de la prensa por su apego a las vedettes. De salón: Roberto Martínez desposa a la Miss Viviana Rivasplata y ella responde a la prensa del corazón que la noche de bodas fue maravillosa. De Ripley : Hace 30 años que Perú puja por ir a un mundial y se queda en el camino. De pesadilla: Tantas veces han repetido el gol de Cubillas a Escocia que en la última versión el arquero ataja la pelota.

Otro: La tarde del domingo 24 de mayo de 1964 era tan gris que parecía provocar a la más oscura de las desgracias. La selección de Perú iba a definir con Argentina el segundo cupo para las olimpiadas de Tokio. Los nacionales habían sido reclutados de equipos de segunda, de las canteras del fútbol provinciano y uno que otro suplente que apuntaba a estrella, entre ellos, Héctor Chumpitaz, Enrique Casaretto y Víctor «Kilo» Lobatón. Argentina tenía a Cejas en arco y Perfumo en la defensa. En el segundo tiempo ya ganaban los albicelestes. Luego, «Kilo» Lobatón recogió un rebote y heterodoxo con la planta del pie la mandó adentro.

Fue un grito callado porque cuando el zurdo miró al árbitro en su loca carrera vio que este sin inmutarse había anulado el gol. Hubo reclamos pero el fallo estaba dado. Varios aficionados habían invadido el campo. La policía actuó con rudeza agrediendo al avezado «Bomba». Ese hecho y las granadas lacrimógenas en las tribunas originaron fugas y atropellos. En la noche los muertos pasaban el número de 300. Cosas de la vida. Estos mismos protagonistas se enfrentaron 5 años más tarde en la ‘Bombonera’. Perú le arrancaba un punto a los argentinos y clasificaba al mundial. Brilló Chumpitaz, se opacó Cejas. Esta vez no hubo víctimas. Perú estaba en la gloria. Ese es nuestro origen y los muertos están enterrados.


Eloy Jáuregui

Eloy Jáuregui

Tu mala canallada