Fujimoritis gravis

La ¨fujimoritis gravis¨es la enfermedad que asoló al Perú en la década del noventa. Este mal ha demostrado ser contagioso y ataca agresivamente a la democracia. El pasado 5 de abril se cumplieron veinte años de la “disolución” de los poderes del Estado, el Legislativo, el Judicial, el Ejecutivo, en fin, la moral social y el respeto de los derechos humanos, así el fujimorismo se convirtió en un letal disolvente del trabajoso esfuerzo democrático que recomenzó el Perú en 1980.

| 09 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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Por cierto, era una democracia desnutrida, llena de errores y desviaciones, con corrupción y abusos de poder, pero Fujimori fue elegido para corregir eso, para mejorar la calidad de nuestra democracia, fue elegido por el centro, la izquierda y el progresismo políticos, contra la derecha de ese tiempo. Nos equivocamos malamente.

Fujimori nació y terminó en una trafa: en 1990, engañó y traicionó a sus electores en la primera quincena de su gobierno llevando a la práctica el plan económico al que se opuso para ganar las elecciones y, en el año 2000, con maletas llenas de dinero de los contribuyentes peruanos tomó el avión presidencial y se fugó al Japón a disfrutar los “logros” de su presidencia.

Disolver es un concepto que viene del latín “disolutio” que es el resultado de la mezcla de dos elementos que no se pueden combinar sino a costa de extinguir al otro al formar un nuevo elemento. Es el concepto más científico que utilizó el fujimorismo porque, en efecto, disolvió la convalescencia democrática de los ochenta, produciendo un nuevo compuesto, más perverso para la democracia: el fujimontesinismo.

Como la política es cosa de humanos, no admite totalismos. Ni Odría, ni Fujimori ni Alan García pudieron hacer gobiernos totalmente malos, siempre tuvieron algo bueno. Odría sus unidades escolares, Fujimori, la épica captura de Abimael Guzmán desde una lancha donde pescaba en la selva y García, un tren eléctrico que le tomó dos gobiernos y no lo concluyó.

Este es un típico caso en que el remedio resultó peor que la enfermedad, que ha sido lo que ha ocurrido en todas las dictaduras peruanas. Pero es también una lección que tenemos que aprender los electores peruanos para dejar de ser los constructores del imperio del sol cincuenta.


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Carlos Urrutia

Opinión

Columnista

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