Fujimori y Montesinos

¿Cómo conoció Fujimori a Montesinos?

La anécdota la ha contado divertidamente el sociólogo Francisco Loayza, el hombre que los presentó.

Por Diario La Primera | 30 jun 2008 |    

Sucede que a Fujimori este columnista le había sacado a la luz una lista de 34 transacciones inmobiliarias en las que el candidato había incurrido en sendas subvaluaciones con el fin de no pagar los impuestos correspondientes.

El asunto había salido en el programa de televisión que por aquel entonces yo mantenía en Canal 4 y, por diversas fuentes, se sabía que había exasperado al hombre del lema “Honradez, tecnología y trabajo”.

-Esto hay que pararlo ahora mismo –le habían dicho sus consejeros.

Fujimori le preguntó al sociólogo Francisco Loayza, su principal asesor en aquel entonces, qué diablos podía hacer.

Loayza le preguntó si la información era cierta.

Fujimori, taimado desde que nació, le contestó que no podía recordar qué había pasado con esos papeles, que no había sido él sino un contador el que se había encargado de esas declaraciones tributarias y que podía jurar que nunca había tenido voluntad de eludir algún compromiso fiscal.

Loayza, que ya empezaba a conocerlo, le dijo que él vería el asunto de inmediato. Fue entonces que le pidió los papeles a la mujer de Fujimori, Susana Higuchi, socia de la pequeña empresa que construía casas y luego las vendía a precios “oficiales” muy por debajo de la realidad.

Cuando Loayza ojeó los primeros expedientes, se dio cuenta de que la subvaluación iba a ser evidente ante cualquier autoridad tributaria. Entonces pensó en su viejo amigo Vladimiro Montesinos, un abogado que había sido capitán del ejército y ayudante del general Edgardo Mercado Jarrín y que había sido expulsado sin honor de su institución por haberle entregado a la CIA secretos militares sobre la compra de armamento soviético en la época de Velasco Alvarado. Esta era la joyita que podía dar una mano decisiva.

-¿Quién es este tipo? ¿Es de confianza? –preguntó Fujimori.

Loayza le dijo que Montesinos no era un angelito pero que, dada la situación, no había tiempo para melindres. Añadió que Montesinos, que había sido capaz de traicionar a su socio de bufete y de robarle la oficina y la esposa, podía “entrar a matar” para dejar las cosas en claro.

Fujimori le dijo que lo que él necesitaba era alguien que demostrara el carácter calumnioso de la imputación periodística. Era un cambio de matiz que rectificaba sus dudas iniciales.

Loayza le siguió la corriente.

-De eso se trata -dijo Loayza-. Pero necesitamos a alguien avezado que pueda vencer la maquinaria de Vargas Llosa y sus socios.

Años después Loayza me diría que cuando le contó a Fujimori lo de Montesinos y el socio traicionado percibió en el candidato una mirada que no supo descifrar en ese momento.

-Parecía de asombro, pero ahora creo que fue una mirada de admiración –me dijo Loayza.

Y es que la historia de Montesinos y del socio era dantesca a su manera. Tras su expulsión del ejército, Montesinos había encontrado en este señor, que además era su primo hermano, ayuda financiera, refugio abogadil y casos para trabajar. Gracias a él es que había podido levantar cabeza otra vez.

Montesinos “pagó” esa generosidad con una viciosa triquiñuela que le permitió quedarse con el estudio que lo había acogido y convertido en socio. No contento con eso, sedujo con éxito a la pareja norteamericana del primo y le entabló a la cornuda víctima un juicio patrimonial tan enrevesadamente canalla que a punto estuvo de poner en la cárcel a quien le había tirado un salvavidas en la peor de las tormentas.

El hecho es que Loayza convenció a Fujimori de que Montesinos era el hombre que la circunstancia requería.

-En tres semanas limpió todo sin dejar huellas y sin cobrar ni un solo centavo –contaría Loayza.

De evasor de impuestos Fujimori pasó a ser contribuyente ejemplar. Claro que en ese lavado y planchado tributarios tuvo toda la ayuda del gobierno aprista, empeñado en contribuir con la causa de Fujimori con lo que estuviese a su alcance.

Fujimori quedó fascinado no sólo por la eficacia sino por la discreción y la gremial inteligencia de Montesinos.

-Cuando tuvo todo resuelto sólo dijo: “Todo está aclarado, ingeniero. El Fredemo va a tener que inventar otras cosas para pararlo” –contaría Loayza.

Y claro que Montesinos sabía que esas acusaciones habían sido veraces.

-Fue la primera cochinada que Montesinos le supo. Él construyó su poder sabiendo cochinadas de los demás y ocultando las propias –diría Loayza mucho tiempo después.

Cuando Loayza recordaba ese episodio ya hacía mucho tiempo que había sido expulsado del paraíso mafioso de Fujimori. Por supuesto que quien lo traicionó fue Montesinos.

-Se demoró ocho meses en crear tales intrigas en contra mía que Fujimori ya no me contestaba el teléfono –evocaría Loayza.

Fujimori ya estaba en la presidencia. Montesinos ya estaba montando la maquinaria siciliana que su Presidente exigía. Loayza era un escrúpulo menos, un testigo menos en la edificación de esa covacha de la que saldrían los Hermoza Ríos y los Martin Rivas, los ladrones uniformados y los asesinos de civil, la inmundicia más pundonorosa que haya visto la historia de la política peruana.

-¿Quién era, en realidad, Montesinos? –le pregunté alguna vez a Loayza, uno de cuyos libros prologué gustosamente.

-El mejor retrato de Vladimiro Montesinos es este: –me contestó-. Una vez, con algún trago demás en el buche, me habló de Arequipa, de las pellejerías de su familia, de su padre comunistón. Cuando llegó a este punto me habló de lo que todo el mundo sabía, por supuesto. Es decir, me habló del suicidio de su padre. Pero lo que me dejó sin habla fue que, al final del relato, Vladimiro exclamó: “¡Y encima de todo lo que estaba pasando, este hijo de puta termina suicidándose!”. Yo no podía creerlo.

-¿Llamó hijo de puta a su padre suicida? –pregunté desde mi propio asombro.

-Sí, imagínate qué tiene en el alma este hombre –reflexionó Loayza.

Hoy se verán las caras Montesinos y Fujimori. Lo más probable es que Montesinos no incrimine a Fujimori. Es entendible. Siguen siendo la misma sólida entidad, la misma moneda dando tumbos, el anverso y el reverso de la misma historia.

Traidor intrínseco, infame de profesión, Montesinos sólo reconoce a un superior. No frente sino junto a él estará esta mañana.


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista