Fuenteovejuna

Ha sido impresionante el ataque generalizado que ha recibido el gobierno, desde el lado derecho del espectro político y en cierta medida con participación de sus propios aliados, en todos los casos invocando un supuesto peligro de extremismo ideológico, creado mediáticamente, sin calar en los ciudadanos, pero creando un microclima artificial de incertidumbre, en función de intereses económicos y políticos particulares.

| 04 mayo 2013 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
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El cerco de ataques al gobierno ha incluido hasta epítetos irrespetuosos que nada tienen que ver con la discrepancia democrática.

Ha tenido características de ensañamiento, sin más argumentos que “se piensa que”, “muchos creen” o “hay preocupación”, tras lo cual han encadenado hechos o situaciones supuestas o medianamente reales, para pintar un aterrador panorama de radicalización que nadie con dos dedos de frente cree que sea posible, y acusar hasta el insulto.

Y lo más triste es que, si bien esta campaña ha tenido ingredientes ideológicos en lo declarativo, en el fondo está el interés de quienes están contra cualquier forma de intervención del Estado en la economía, a contramano de la opinión pública, verificada en numerosas encuestas, que desea que esa intervención, hecha de manera seria y transparente, proteja al ciudadano y al país y regule e impida los excesos de muchas empresas privadas.

Si bien finalmente la compra de un paquete accionario de Repsol no se ha concretado, según el gobierno porque una evaluación técnica y económica ha mostrado que no es conveniente, en el debate solo ha habido de un lado posiciones extremas en contra, y del otro reflexiones en torno a la pertinencia de la intervención del Estado en la economía.

Sin esa intervención, ¿quién controla que no haya excesos en la fijación de los precios de la gasolina y el gas? ¿quién defiende al consumidor? ¿quién verifica la calidad de la gasolina y del GLP? Los mecanismos de regulación no han sido eficaces para hacerlo y, si no fuera posible perfeccionarlos, sigue vigente la necesidad de una acción más protagónica del Estado, al menos en este sector.

Y dejamos sentada esta posición pese a que no hemos estado entre los partidarios de la compra de Repsol. Lo que hemos sostenido y seguiremos haciéndolo, es rechazar la cerrazón de quienes están dispuestos hasta a crear alarma por su fanatismo privatizador y llegan a extremos en sus ataques e insultos, porque creen ser dueños de la economía nacional y tienen como consigna “primero el bolsillo y después el pueblo”.

En ese afán, han llegado, a través de sus medios asociados, a propiciar la especulación con el alza del dólar y la caída de la bolsa, sembrando alarma donde no había más que oscilaciones consideradas normales por los expertos. Así no se juega con el país.

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