Freud se pronunció

Si alguna vez se escribiera una Historia de la Inteligencia, Sigmund Freud sería una de sus cimas.

| 28 enero 2009 12:01 AM | Columnistas y Colaboradores |597 Lecturas
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Freud fue el Cristóbal Colón de la conducta humana, un descubridor inmóvil y de dimensiones copernicanas que nos devolvió el derecho a la complejidad que las religiones nos habían quitado.

El psicoanálisis fue probablemente la mayor hazaña inductiva del siglo XX y aun hoy da la sensación de ser la hipótesis más audaz y verosímil que se haya construido en torno al malestar y al origen de nuestras surtidas máscaras.

Desde las sentinas privadas de sus pacientes Freud hizo un viaje hacia el encubrimiento como segunda naturaleza y puso sobre la mesa las cartas tramposas que decíamos no tener y nos paró frente al espejo más implacable y, radicalmente, fue borrando, una por una, las mentiras piadosas, las cegueras premeditadas y, al final, la coartada de la inocencia.

Freud cambió la mirada del humanismo y nos liberó, para siempre, de las garras espantosas de “lo sublime”. Veníamos de la memoria, nos dijo, y no del misterio pontificio. Y podemos ser monstruosos o beatíficos a voluntad y de manera intermitente. Y tenemos ese bajo continuo, ese shadow cabinet que se llama inconsciente y que se asoma a cada rato a nuestras vidas de un modo protagónico y al margen de nosotros mismos. Es decir, estamos habitados y esa es la manera más breve de decir cuán imposible es la soledad.

Freud hizo por la humanidad lo que muy pocos: amplió el mundo y cerró un círculo que el temor, la hipocresía y las supersticiones habían mantenido inconcluso. No hay personaje más odiado por el romanticismo idiota que Freud. Ni apestado más temido por la sotanería que Freud. No fue verdad todo lo que dijo pero jamás dejó de decir lo que creyó que era verdad. Y si se trata de porcentajes, sus aciertos resultan abrumadores.

Dos mil años antes que Freud, un judío fuera de lo común quiso darnos el consuelo de ser divinos. Freud demostró que quienes más nos gobiernan son nuestros demonios y que todo parecido del hombre con Dios es pura casualidad. Aceptar eso no nos hace más sombríos. Nos hace conscientes. Y si algo demostró Freud toda su vida fue esa plenitud vigilante que le impedía equivocarse en lo fundamental.

Cuando a Freud le escribió una carta el activista Chaim Koffler, directivo de la Fundación para la Reinstalación de Judíos en Palestina, el creador de la teoría psicoanalítica le respondió con unas breves líneas de una lucidez casi doliente. Koffler le había pedido al judío Freud ayuda para la causa del sionismo.

“No puedo hacer lo que usted desea –contestó Freud el 26 de febrero de 1930–...yo no creo que Palestina pueda jamás devenir un Estado judío ni que el mundo cristiano, al igual que el mundo islámico, puedan un día estar dispuestos a confiar sus lugares santos a que los guarden los judíos”.

Y añadió:

“No puedo experimentar la menor simpatía por una piedad sionista mal interpretada que hace de un trozo del muro de Herodes una reliquia nacional y, a causa de ella, desafía a los habitantes de todo un país”.

Es lo que decía al comienzo de estas lí-neas. Si la Historia de la Inteligencia se escribiera, Freud sería un Everest.

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César Hildebrandt

César Hildebrandt

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