Francia tiene la razón

El canciller Joselo García Belaunde está molesto con Francia porque Francia les ha advertido a sus súbditos que no se les ocurra treparse a una de esas avionetas que sobrevuelan las líneas de Nazca.

| 19 abril 2008 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 798 Lecturas
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¿Y qué quería? ¿Qué los franceses no se enteraran de que en el Perú el capitalismo salvaje y el mercado de los Cro Magnon han impuesto la moda del sálvese quien pueda?

Ricardo Valle Cabrera tiene 30 años de piloto aeronáutico civil. Trabajó cuatro años y tres meses en “Aero Ica”, la empresa a la que pertenece la avioneta que mató a los cinco turistas franceses, y hace poco estuvo en la cabina de mi programa en Radio San Borja.

Lo que contó parecía salido de una película exagerada del ya superlativo Alex de la Iglesia. Para empezar, en las trece “empresas” que se disputan a los turistas con jaladores –como en terminal de microbuses– los pilotos ganan dos dólares por pasajero, lo que representa unos 500 dólares mensuales. El resto de sus ingresos procede de las propinas que solicitan.

Ha habido casos, según relata Valle Cabrera, en que se ha usado gasolina de automóvil para volar. De hecho, uno de los pocos inspectores honestos de la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC) comprobó una vez esa temeridad en una nave de “Aero Santa Bernardita”. Y es que a veces la importada gasolina 100-L, apropiada para la aviación ligera, no llega a tiempo.

Las avionetas que parten del aeródromo de Nazca tienen una antigüedad promedio de 30 años, no están precisamente bien mantenidas y las hay que tienen la venerable edad de 51 años. Nos referimos, por ejemplo, a la avioneta Cessna 170 de la fatídica “Aero Ica”: su debut aéreo fue en 1957. Es que en “Aero Ica” quizás piensen que la antigüedad es clase.

La DGAC –una mezcla perfecta de chanchullo rentado e incompetencia a veces criminal– jamás ha puesto mano firme en ese frente tan delicado para el turismo. El aeródromo de Nazca, además, es una instalación que se ha vuelto peligrosísima porque lo que en aviación se llama “área de emergencia” ha sido invadida por edificaciones que nunca debieron permitirse. Hay momentos de saturación en los que un enjambre de doce naves sobrevuela las líneas. Y eso, que ya sería temerario de por sí, se vuelve potencialmente asesino si se tiene en cuenta que hay pilotos que no respetan sus hojas de ruta y se meten en las carreteras aéreas de la competencia.

Esto produjo la colisión aérea de 1997, que dejó doce muertos –diez turistas extranjeros y dos pilotos peruanos– y que fue aplastada, como noticia, porque ocurrió el mismo día de la muerte de Lady D. ¡Suerte maligna la de la DGAC!

Lo evidente es que la Torre de Control de Nazca controla muy poco y, además, no puede hacer nada cuando avionetas que han despegado de Ica o de Palpa se meten en el cielo de Nazca sin contar siquiera con planes de vuelo. Y a pesar de que hay tres niveles de vuelo –es decir, tres alturas diferentes para reducir el riesgo– siempre hay irresponsables que cambian su distancia de tierra, con lo que las evoluciones alrededor de algunas de las figuras más solicitadas pueden volverse un juego siniestro: cómo evadir al que vuela demasiado cerca, un Top Gun con naves de museo en el desierto.

¿Y los innumerables aterrizajes forzosos en la carretera Panamericana sur? En el 90 por ciento de los casos se trata –dice Valle Cabrera– de falta de gasolina. “Es que muchas veces, por el apuro de salir y ganar más pasajeros, las naves salen sin haber cargado combustible. Creen que con los 20 galones del primer servicio es suficiente”, añade.

Algunos de esos aterrizajes, sin embargo, no están vinculados a tanques vacíos. Tal fue el caso del “Caravan” de “Aerocóndor” –nave para doce pasajeros– que alguna vez regresó de emergencia con la turbina partida en dos.

¿Y la DGAC? Nada de nada. Allí está, con sus sueldazos engordados por el Pnud, con sus mañas aprendidas en la Fuerza Aérea, con su ministra punible que habla como la Thatcher y piensa, en materia de seguridad aérea y responsabilidad del Estado, como Susy Díaz. Sí, la ministra que parece empleada de Lan Chile y que exige para los pilotos chilenos favores extremos, como ese de volar sin visa de trabajo.

Lo que Ricardo Valle Cabrera ha hecho por enfrentarse a la mafia de la FAP y su sucursal en la DGAC no cabe en estas líneas. Sólo diré que hace tres años está sin trabajo porque los cogoteros discípulos de Elesván Bello no le perdonan haber investigado el masivo asesinato de Andoas.

El 5 de mayo de 1998 –o sea cuando Fujimori era una buba en la ingle derecha del Perú– un avión Boeing 737, alquilado por Tans (fachada de la FAP) y puesto al servicio de la Oxy, se estrelló de noche mientras buscaba la pista del aeropuerto sin balizaje de Andoas. Ese vuelo, que había partido de Iquitos, jamás debió de salir. Pero salió y los mecheros del “aeródromo” de Andoas no fueron suficientes. Y a pesar de que hubo sobrevivientes, 74 personas murieron. Valle Cabrera averiguaría más tarde que el piloto, José Salazar Fernández, había volado con la ficha médica vencida y que el copiloto, Carlos Umbert, no había hecho, desde hacía dos años, los ensayos reglamentarios en el simulador de vuelo. No es que estemos diciendo que esas fueron las causas de la tragedia. Es que esos son dos ejemplos de que en la aviación civil en el Perú todo puede suceder.

En marzo del 2007 Valle Cabrera presentó ante la Fiscalía una denuncia por peculado, abuso de autoridad y delitos en contra de los medios de transporte. ¿Los implicados? Roberto Rodríguez Gayoso, Director General; Juan Crovetto, Director de Seguridad; y Víctor Fajardo, Inspector de Operaciones de la DGAC.

La denuncia era un legajo del grosor de una guía telefónica. Estaba llena de documentos probatorios, cartas decidoras e informes que serían la delicia de cualquier fiscalizador. Pero cuando Valle Cabrera pregunta si hay alguna respuesta –“no importa, aunque sea que me digan que desestiman la denuncia”, la frase es monótonamente la misma. “Sus papeles están siendo examinados”, dicen. Trece meses de examen. Un número igual al de las “empresas” que pueden, en cualquier momento, matar a más turistas.

¡Y todavía se atreve Joselito a llamar exagerados a los franceses! No, hombre: exagerado es que tú sigas ocupando el puesto que fue de Porras Barrenechea.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista