Formalidad

Estamos impactados por variados fenómenos que la academia y después los medios, denominan informalidad. Informalidad en el transporte, en la minería, en la urbanización, en la agricultura (coca), en el comercio, en el fútbol, etc. Casi no hay actividad en el Perú que no conviva con ella. Resulta urgente, por decir lo menos, entender y después atender este megaproblema social, que solo nos preocupa cuando llama a nuestra puerta con muertes, tres, en Madre de Dios.

| 18 marzo 2012 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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Informalidad es el par contrario de formalidad. Sociedad y Estado realizando la vida de acuerdo a leyes es formalidad. Informalidad es realizarla fuera de estas leyes; sin embargo, la cuestión no es tan sencilla. Ocurre que en el Perú han habitado y aún habitan conjuntos sociales a los que la formalidad de nuestras leyes y el arreglo económico que ellas definen les ofrecen muy poco para sobrevivir. ¿O creen ustedes que los microbuseros, taxistas, mineros de socavones, agricultores cocaleros son masoquistas? No es que les guste vivir y morir en tal insania, se ven empujados a ella para llevar el pan al hogar.

Son las condiciones objetivas de una existencia paupérrima, las que los empujan a contrariar la formalidad. Es para ellos un problema económico objetivo, antes que una opción de vida. La informalidad es una estrategia de sobrevivencia, la única a la mano para que cientos de miles de familias peruanas consigan un lugar en este mundo. Según análisis económicos fríos del norte, el Perú debía haber ya estallado, si no lo ha hecho ha sido por la férrea voluntad de sobrevivir de los sectores populares.

Pero la informalidad que aquí describimos es de base popular y funciona como un recurso natural renovable explotado por disfrazados de formales que no manejan doce horas al día para llevar treinta soles al hogar, ni se hunden en agua barrosa o se encorvan en los socavones para extraer oro, ni perviven aislados plantando cocales, sino que frescos y limpios la organizan en cadena productiva, al final de la cual cosechan el dinero y viven raudos en camionetas de 70 mil dólares, casas de playa y jugosas cuentas que los bancos reciben sin taparse la nariz. Estos disfrazados se han puesto suspicaces y han decidido pasar de financiadores de campañas ajenas a invertir ellos mismos y ser elegidos para guardar mejor sus intereses.

Si la informalidad es una cadena productiva, pues que primero se corte el combustible que la mueve; es decir, que se someta a ley a los grandes propietarios del transporte informal, a los organizadores de invasiones, a los importadores de chatarra, a los acopiadores de oro, a los narcotraficante de corbata, a los contrabandistas pesados y, de yapa, a las sanguijuelas del fútbol. Paralelamente, que funcione la formalización de los de abajo en espacios donde sea ambientalmente factible, porque de lo único que es culpable el pueblo informal es de su terca voluntad de vivir.


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Javier Sota Nadal

Opinión

Arquitecto

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