Ficción religiosa y “fin del mundo”

Al finalizar mi columna el domingo 16 de diciembre, escribí: “Hay razones serias, lectoras y lectores, para no temer que el 21 de diciembre -hace 9 días- se acabe el mundo”.

| 30 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.5k Lecturas
MIEDO A LA MUERTE
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Como la cuestión del día para todo el país era en ese momento la última sesión peruano-chilena en La Haya, preferí consagrar mi columna a ese tema, dejando para hoy -domingo 30- algunas ideas sobre las aparentemente temibles amenazas de un próximo “fin del mundo”, que de tiempo en tiempo aparecen, se pierden y renuevan.

La idea del fin del mundo es parte de la ficción que los mamíferos humanos han inventado en momentos diversos. Desde comienzos de nuestra especie Homo sapiens, hace más o menos cien mil años, tratamos de entender los grandes misterios de la vida y de la muerte.

El punto cero de un razonamiento primario podría ser: si los seres humanos no nos salvamos de la muerte, es posible que los pueblos y el mundo entero estén también condenados a morir. A partir de ahí se abre un abanico de múltiples razones que habrían para merecer ese castigo y los indispensables sacrificios para evitarlo.

En los últimos tres mil o dos mil quinientos años, las tres grandes religiones monoteístas del mundo (judía, cristiana e islámica) han ido muy lejos hasta llenarnos de culpas y pecados suficientes para merecer los más terribles castigos y las mayores bendiciones de sus dioses terribles y buenos.

En la ficción inventada por los cristianos, el juicio final nos espera si a la hora de la muerte no nos arrepentimos de los pecados propios y ajenos desde que Adán y Eva comieron una manzana y pecaron por atreverse a hacer el amor, siguiendo sus propios deseos y no la voluntad de Dios. Esta es una fecunda fuente para el miedo a la muerte.

Adán y Eva no existieron, pero su existencia fue inventada para -entre otras cosas- cargarnos de culpas, privarnos del placer y someter nuestras voluntades a quienes por su propio gusto se declaran representantes de Dios. Por el poder de la Iglesia Católica, los cien mil años de vida de la especie humana no cuentan, solo los 2012 después del nacimiento de Cristo.

En este breve lapso, surgieron los llamados milenarismos, anunciando que cada mil años, o cada quinientos también, vendría el fin del mundo. Centenares de profecías apuntan en la misma dirección. Pero carecen de sentido porque como dice el tango, “el mundo sigue andando”.

Sobre el fondo del miedo a la muerte y la amenaza de nuestro fin del mundo por los pecados acumulados, nuevos mensajeros del apocalipsis anunciaron el “fin del mundo” el 21 de diciembre, hace nueve días, pero como tantas veces antes, tampoco pasó nada.

Es pertinente decir algo muy breve sobre la fecha 21. Cada 21 de diciembre llega el verano en el hemisferio sur y el invierno en el hemisferio norte. Esta no es una invención maya o indígena, es una evidencia de la realidad reconocida por los pueblos maya, aymara y quechua, por ejemplo.

El hermoso mito de la Navidad es una tardía ficción cristiana que aprovechó de la gran celebración del solsticio de diciembre para darle vida a la ficción del “nacimiento del hijo de dios”.

Con la misma lógica, la Iglesia Católica impuso desde el siglo XVI la celebración del Corpus Christi alrededor de la fiesta del Inti Raymi en Cusco, en el solsticio de invierno, alrededor del 21 de junio.

El 21 de diciembre del 2012 es también una fecha especial en la periodización del tiempo, según los astrónomos mayas, porque termina uno de los cinco ciclos de rotación en el sistema solar, que equivale a un cambio de calendario, de un ciclo a otro, y que no debe ser visto como otro “fin del mundo”.

El fin del mundo va por cuerdas muy distintas a las del universo espiritual maya y también a los miedos seculares de los creyentes agobiados por sus culpas. Tendrá que ver con la suerte del sol en varios millones de años. La vida nació en el mar con temperaturas benignas; si el sol sigue quemando cada vez más y si los científicos tienen razón, sus aguas hervirán y se extinguirá toda posibilidad de vida.

El fin del mundo tiene también que ver con la voracidad del capitalismo para destruir las fuentes de la vida para la especie humana en el tiempo más breve y con las ganancias más grandes en beneficio de una mínima e insignificante proporción de seres humanos.

Al ritmo que vamos, no sería atrevido decir que el mundo se está acabando, paso a paso, de tarde en tarde, y que no hay razón alguna para suponer que se acabe un 25 de diciembre del año 6048, o un 28 de julio del año 43211.

Tampoco sería osado afirmar que los mercaderes globalizados encontrarán las fechas adecuadas para anunciar otros “fin del mundo” y disfrutarlos en lugares mágicos, como acaba de ocurrir hace una semana en los centros sagrados maya en tierras de Guatemala y parte de México.

Como el mundo sigue andando, aunque con serios problemas, que en el año 2013, lectoras y lectores de esta columna, encuentren buenas razones para pequeñas luchas y victorias y sentir mejores alegrías.

Volveré el domingo 13 de enero sobre los calendarios mayas, su astronomía y sus preocupaciones por los problemas del mundo y el sistema solar que son tan actuales, porque coinciden en grandes líneas con lo que los científicos de hoy nos cuentan.


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Rodrigo Montoya Rojas

“Navegar Río Arriba”