Faraones de pirámides

La colosal estafa de Bernard Madoff, “uno de los hombres ejemplares de la comunidad judía neoyorquina” –la frase es del corresponsal del diario español El Mundo- ha salpicado a instituciones financieras de todas partes, a personalidades comprometidas agresivamente con la causa israelí como Steven Spielberg y a bancos ávidos de plata fácil regulados al estilo Ronald Reagan.

Por Diario La Primera | 19 diciembre 2008 |  685 
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La pirámide de Madoff sobrepasa todos los cálculos y ahora, con cifras cada vez más consolidadas, los 50,000 millones de dólares se han confirmado y son parte de la acusación fiscal.

Que estafara a sus propios hijos (Mark, de 44 años, y Andrew, de 42) y a muchísimos miembros de la comunidad de la que era ejemplo de éxito revela que Madoff tenía la solitaria lealtad y el egoísmo supremo de los avaros. Que pudiera engañar a tantos dice mucho de cuán relajados están los sistemas de vigilancia del capitalismo financiero –y esto es algo que ha reconocido ayer el mismísimo Obama-.

Sin embargo, Madoff no es el único pecador. Quien pone un dólar para ganar diez o doce por ciento de interés anual es, a pesar de lo que diga, una víctima relativa, un socio pasivo de un esquema insostenible en el tiempo, un ruletero ruso esperando que la bala le toque a los demás.

Madoff se movía en los altos círculos de los adinerados de la Florida y Nueva York. Era un hombre discreto y persuasivo y había aprendido a beber moderadamente y a jugar golf, sin mucho brillo, en el Palm Beach Country Club.

Había empezado en los 60 poniendo 5,000 dólares en la bolsa neoyorquina. Hace diez días, cuando confesó ante el FBI que “no tenía explicaciones inocentes”, se había hecho con dos propiedades carísimas en Nueva York y una residencia de 21 millones de dólares en Palm Beach.

Madoff no es que inventó el método de la pirámide, que en esencia consiste en pagar los intereses de los depositantes antiguos con el dinero de los nuevos. Lo que sí puede decirse es que lo perfeccionó hasta convertirlo en una obra maestra de la impostura.

Cuando alguien le preguntaba cuál era su secreto, Madoff tenía siempre a la mano la frase “esto es como lo de Coca Cola, no puedo revelar la fórmula”.

Como la de William Miller en 1899, como la del inmigrante italiano Carlo Ponzi en 1919 –que dejó 20,000 nuevos pobres entre Boston y Nueva York-, como la de Robert Vesco hace algunas décadas, la pirámide de Madoff cayó hecha trizas cuando la crisis financiera asustó a los depositantes y no hubo más dinero fresco para seguir sosteniendo el engaño.

“Esto era una Ponzi-empresa”, atinó Madoff a decirle a sus pocos empleados horas antes de su arresto.

El pionero Ponzi se había hecho multimillonario en seis meses ofreciendo intereses semanales del 10 por ciento y simulando, gracias a una compra cuantiosa de estampillas, que la plata venía del exterior.

Pero si Madoff es el rey piramidal individualmente considerado, el Egipto de la especialidad es Albania. En ese país, que alguna vez gobernó psicopáticamente Enver Hoxha, un equivalente al 50 por ciento del PBI llegó a estar comprometido en un megafraude que estalló en 1997 y produjo unas dos mil muertes en los disturbios que le siguieron. Digamos que Albania pasó del extremismo estalinista a atragantarse de capitalismo en dosis de caballo.

Hoy la Madoff Investment Securities es una lápida. Y el señor Madoff, de 72 años, tiene que cumplir su arresto domiciliario con una pulsera electrónica en el tobillo. Lo que no está sometido a vigilancia es el dinero esfumado, que Madoff niega tener y que no podría devolver ni siquiera entregando todo lo que obtuvo por la vía del fraude.

¿Y la Comisión de Valores de los Estados Unidos? Su última inspección en el nido de Madoff fue en el 2007 y no encontró nada irregular. ¿Una empresa de tan poca envergadura manejando fondos por 50,000 millones de dólares? Lo cierto es que la SEC está en salmuera y Barack Obama ha prometido darle más poderes.

Pero al margen de que Mary Shapiro le dé nuevos bríos a la SEC, lo que sólo el neoliberalismo tonto podrá negar es que Madoff es la encarnación absoluta del capitalismo tal como se entiende en Wall Street. O sea, una batalla neanderthal por la disputa de un mamut. Que no nos vengan a decir ahora que la pirámide de Madoff es arquitectura extraña al sistema.

Y que el banco Santander no llore como si Franco acabase de morir. Sus 3,200 millones de dólares desaparecidos en las catacumbas virtuales de Madoff son daño colateral de la codicia de cinco de sus fondos y de nueve de sus sociedades de inversión.

Cuando Madoff ya olía mal, el Santander envió a Nueva York a Rodrigo Echenique, gerente de Riesgos. Las crónicas dicen que tras algunas reuniones a fines de noviembre, Echenique, engatusado por Madoff, regresó a Madrid con un informe alentador: no había nada que temer, las cuentas parecían estar claras.

Por último, sorprende la comparación entre el trato judicialmente aséptico dado a Madoff y el trato mafioso y corporativo que el gobierno de Bush ha dispensado a los banqueros que jugaron con las hipotecas basura y crearon fortunas de papel y paquetes que se revendían a partir de la basura original. Si en ambos casos se esfumaron montañas de dinero, ¿por qué la diferencia?

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Propia



    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

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