Familia muy normal

La madre practicaba brujerías negras y creía en las adivinaciones. El padre era un ausente hostil y despreciado. El hermano y la hermana pertenecían a las minorías sexuales.

| 23 agosto 2009 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 425 Lecturas
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A pesar de que la madre se aplicaba a sortilegios de lo más góticos no hubo chamán ni síquica que le avisara que una noche del año 2006 alguien entraría a su casa, se deslizaría hasta su dormitorio, lucharía brevemente con ella y terminaría estrangulándola.

En los forcejeos, las enormes uñas de acrílico de la madre se quedarían con restos de piel y sangre de quien la asesinó.

Fue el mayordomo de todos los días quien entró a su habitación a las 7 de la mañana del martes 15 de agosto del año 2006. Encontró a su patrona tirada en el piso, al lado de la cama, con los labios amoratados y el pijama salpicado de sangre, tan muerta que no cabía duda.

Cuando llegó la policía lo primero que se descubrió fue que el asesinato no había tenido el robo como móvil: las joyas de la señora, abundantes y variadas, estaban en su lugar. Lo único valioso que había desaparecido era una laptop.

Los agentes tampoco tardaron en descubrir una marca circular y violácea en el cuello de la mujer, peleada hacía muchos años con su padre por razones de dinero y disputas sobre sus disposiciones testamentarias. La marca correspondía al cable de una computadora.

La policía encontró, significativamente, que una puerta que da el garaje de esa casa de Paul Harris, en San Isidro, había amanecido sin seguro. ¿No era que el mayordomo cerraba todas las puertas antes de irse a dormir?

No sólo eso: el visor de la puerta del garaje tenía la rejilla corrida. No parecía haber dudas: la víctima conocía a su verdugo y lo había hecho entrar por la puerta más discreta de la casa.

Esa hipótesis parecía confirmada porque la perra de raza maltesa que dormía con la víctima, siempre dispuesta a hacerse oír si veía a un extraño, no había ladrado.

Por lo menos eso fue lo que dijeron el mayordomo y los dos hijos, de 17 y 18 años, hombre y mujer, de la víctima. Los muchachos tenían sus dormitorios en el segundo piso y ninguno declaró haber oído algo inusual.

En el año 2002 el padre de la asesinada había cambiado su testamento, determinando que no sería su hija sino su nieta quien debía recibir la propiedad de esa casa de la calle Paul Harris, el 33,33 por ciento de las cuentas (estimadas en dos y medio millones de dólares) y el paquete mayoritario de la empresa inmobiliaria familiar.

Un año después de ese cambio en el testamento, el testador murió. De modo que, cuando el crimen ocurrió, la hija de la víctima, una chica de nombre Eva Bracamonte, era la dueña de la casa y la más afortunada de la familia. Es más, la interfecta madre, que conservaba apenas el puesto de gerente general de la inmobiliaria heredada, resultó siendo empleada de su hija.

De modo que la policía descartó rápidamente a Eva y a Ariel, los hijos de la señora Fefer, como sospechosos. No sólo es que eran muy jóvenes y carecían de motivo. Es que, según el testimonio de las amigas que llegaron a la casa aquella mañana, parecían devastados con lo sucedido.

Quizá en un primer momento no fue demasiado notorio que en la habitación de la señora Fefer había una especie de altar con una bandeja. Sobre ésta la policía encontró una figura cerámica de Merlín, unas fotos manchadas de sangre, un cuerno renegrido por la quemazón y algunas pequeñeces que parecían amuletos: una llave antigua, una botella azul, una caparazón pequeña.

Al costado de todo esto estaban las fotos de dos secretarios de un juzgado que se habían atrevido a denunciar a su superior, la jueza Ana Espinoza Sánchez, por la aparente benevolencia con la que la magistrada trataba al narcotraficante israelí Zeev Chen, descubierto en Lima en una operación en la que la DEA fue protagónica.

La policía encontró que la jueza Espinoza y la señora Fefer eran amigas. Las fotos de quienes habían sepultado la carrera de la jueza parecían ser parte de un ritual con el que la señora Fefer pretendía dañar a los enemigos de su protegida.

Nadie imaginó, en aquel momento, que, tres años después del crimen, un sicario colombiano encarcelado en Argentina por otro asesinato diría, aparentemente, que fue la hija de Myriam Fefer quien le pagó para que la asesinara.

Y nadie pudo adivinar que después de esa supuesta revelación -no confirmada ante ninguna autoridad judicial- desfilarían por todas las televisiones y las radios imaginables de Lima el hermano de Eva y el padre de Eva diciendo ambos, a dúo canibalístico, en plena armonía fratricida y filicida respectivamente, que sí, que era no sólo posible sino probablemente cierto que, en efecto, Eva hubiese contratado a un mercenario delivery para deshacerse de su propia madre. Tan mala era ella y tan buenos y livianos de culpa resultaban ellos.

Familia muy normal.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista