Fábula de Pinochet

Dicen que cuando Augusto Pinochet Ugarte abrió los ojos por primera vez la loba que estaba a su lado aulló estremecida.

| 01 febrero 2009 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 906 Lecturas
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Augusto era puntiagudo como su padre, sanguinario como su abuelo, astuto como la madre que lo había aplacentado, y carnicero insomne como toda su estirpe.

Su bisabuelo materno había estado en el Perú comiendo gatos y abriendo carneros sólo para comprobar si eran iguales, tanta era la abundancia en ese país vencido.

Por parte de su padre, los ascendientes franceses de Augusto habían viajado por casi todas las infamias: festejaron las ejecuciones de Robespierre como jacobinos, bebieron como monárquicos cuando Robespierre fue guillotinado, vivaron la república corsa, se alegraron con la muerte de la república corsa, acompañaron a Napoleón como voluntarios, saludaron el exilio de Napoleón y exigieron, enérgicamente, su envenenamiento. Es decir, eran unos lobos del carajo.

Con esos antecedentes, claro, el lobo Pinochet tenía su futuro asegurado.

Como todo lobo, sin embargo, tuvo el deber de disfrazarse. Eligió el disfraz de general chileno fascista in péctore pero constitucionalista para las galerías.

Era casi una dama cuando fue donde Allende para que lo nombraran comandante general del Ejército (o sea papi del tal Cheyre y de una tropa de asesinos malgaches adjunta al batallón Arica). Más que una dama parecía una abuela engalonada, una matrona con charreteras, una institutriz prusiana. La voz de soprano lo ayudaba.

-A la orden, mi señor Presidente- le dijo al que mandaría bombardear días más tarde.

Allende no se preguntó qué otras pelambres se escondían detrás de ese mostacho bastante ridículo. La historia demostró que debió de hacerlo.

-Ha sido encantador volver a verlo, general -dijo Allende, firmando su sentencia de muerte-.

José Toha, ministro de Defensa, intentó convencerlo de que nombrar a Pinochet era harto peligroso.

Allende lo miró con desdén. ¿Le había fallado la intuición alguna vez?

El 11 de septiembre de 1973 la abuelita mostró su hocico al mundo y vomitó cohetes, metrallas, estados de sitio, pateaduras mortales, cesáreas con picana eléctrica, comunicados conjuntos.

Gracias a él supimos cuán miserable podía ser la derecha agazapada en Milton Friedman y hasta dónde podía llegar el ejército que alguna vez, en Lima, exigió cupos en doncellas cuando no había un real en la casa infectada por su visita.

Cuando se enteró de lo que estaba pasando en Chile, la Asociación Mundial de Lobos protestó sonoramente y dirigió su comunicado a todos los periódicos y, por supuesto, también a la luna.

En ese comunicado la dicha entidad hablaba de la leyenda negra de los lobos y recordaba que, a pesar del afán difamatorio del hombre, había mucho de valiente, altivo y compañero en los lobos, bisabuelos de los perros.

Señalaba también ese documento que los lobos mataban sólo para poder comer pero jamás por placer o por ideas y que no había precedente alguno de lobos torturadores.

Entonces todos supimos que llamar lobo a Pinochet había sido una calumnia en contra de los lobos. Lo que Pinochet resultó siendo fue una hiena. La Asociación Mundial de Hienas, en efecto, no hizo ningún deslinde.

La derecha española, la del Mio Cid y Carlos V, produjo un palurdo para su guerra santa. La derecha chilena, que había leído sólo a Benjamín Franklin en ediciones mexicanas, produjo a esa bestia que reía en la oscuridad y que ordenaba matar a generales en Buenos Aires (con mujer y todo), a ex cancilleres en Washington (con secretaria y todo) y a todos los sindicalistas del cobre que se pudiera gracias a su Caravana de la Muerte.

La derecha chilena, respaldada por el 42 por ciento del censo electoral, lo sigue venerando. Lo que demuestra que, más allá de su PBI y de su indudable prosperidad, Chile sigue perteneciendo al tercer mundo del espíritu.

Por todo esto es que Sergio Piñera, hijo de P(inochet), ex ministro de Pinochet, mimado de Pinochet, por todo eso, decía, es que Piñera no promete sino que da la pata y no habla sino que gruñe y no grita sino que aúlla. Y este lobo reinventado pero peludo, esta hiena con disfraz de lobo, este lobo contrabandeado como dueño de LAN, será el nuevo Presidente chileno. Por eso es también que miles de carneros peruanos, con Pepe a la cabeza, ya balan de contentos. Toda una sinfonía pastoral.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista