Extrañando a Álvarez Rodrich

La separación de Augusto Álvarez Rodrich del cargo de director de “Perú 21” poco o nada tiene que ver con la labor de limpieza que Francisco Miró Quesada Rada había empezado en diversas secciones del periódico matriz del grupo, es decir “El Comercio”.

| 16 noviembre 2008 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 3k Lecturas
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Álvarez Rodrich ha sido -nos gustase o no su estilo seco y cuadriculado de brigadier del sentido común- el capitán de una nave exitosa y plural. Una nave que los piratas al servicio de los hermanos Agois cañonearon sin hacerle mella acusándola de llevar exceso de caviar en sus bodegas.

Por las páginas de “Perú 21” han desfilado columnistas de todos los pelajes y el espíritu del periódico ha sido el de un simpatizante socialdemócrata. ¿Tiene algo de malo eso? Por supuesto que no, excepto entre los chicos de la cueva de Altamira, que son los que creen que el capitalismo ha salido “reforzado” de su propia crisis.

Mientras escribo estas líneas me entero de las renuncias a seguir escribiendo en “Perú 21” de los columnistas Fernando Rospigliosi y Nelson Manrique. La verdad es que lo de Rospigliosi era inevitable, dado su papel en el asunto de las grabaciones clandestinas que detonaron la peor crisis política de este régimen. Pero lo del historiador Manrique es pura solidaridad intelectual con Álvarez Rodrich. Y nadie puede decir, sin incurrir en mayúscula injusticia, que el prestigio de Manrique es algo prescindible en un periódico que aspira a ser influyente.

Dudando respecto de su permanencia en el diario también estaba el legendario Heduardo, el pétreo caricaturista de la página 2.

Detrás de esta polvareda no hay un asunto como el que asomó en la “operación escoba” que cambió la Unidad de Investigación de “El Comercio”. Hay, más bien, una pugna ideológica en la que los conservadores del directorio plantean que el Grupo El Comercio dé un paso a la derecha. Y la caída de Álvarez Rodrich se inscribiría en esta línea de creciente intolerancia.

Una cosa es limpiar establos y otra muy diferente es tratar de hacer que “El Comercio” se parezca a “El Mercurio”, que alguna vez fue financiado por la CIA y que ha sido la sentina del fascismo chileno.

Una cosa es deshacerse de quienes habían creado condados personales para fines espúreos y otra muy diferente es darle a Milagros Miró Quesada y a Pepe Graña Miró Quesada (sí, el de Collique y los terrenos subvaluados) el inmenso poder del que ahora parecen disfrutar.

Una cosa es plantear el debate de los petroaudios como un asunto de manual y escuela y otra es convertir a Martha Meier Miró Quesada en la comandante en jefe del miedo. Nos hemos enterado de que en una reunión con la gente de la sección Opinión, Martha Meier, que fue candidata fujimorista a un asiento en el Congreso, insinuó que Absalón Vásquez podría ser un consultor en temas como el de Fonafe. A todos los que la escucharon se les pararon los pelos.

El cambio en “El Comercio” comenzó cargado de promesas. Hoy tiene un semblante bilioso y derechista.

Los nuevos mandamases de “El Comercio” piensan que escorando a la derecha y rebajando las críticas a su mínima expresión serán más fieles a la “tradición” del viejo periódico conservador. Pero una cosa es ser conservador y otra es ser sobón. Y ser sobón para hacer negocios como el del aeródromo de Collique ya no sólo es sospechoso sino que abiertamente indigno. Basta mirar atrás y recordar cómo entendió don Luis Miró Quesada de la Guerra el periodismo y su relación con la publicidad y el poder, basta mirarse en ese espejo, para comprender que Milagros Miró Quesada y Pepe Graña -el amigazo público de Alan García- poco tienen que ver con lo más ilustre de “El Comercio”.

Francisco Miró Quesada Rada es un hombre respetable. Me imagino que no se prestará a ser el hombre de paja de tamaños angurrientos. Más allá de evidentes y notorias discrepancias, mis saludos de colega quince veces defenestrado para Augusto Álvarez Rodrich.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista