Existiendo para los demás

Sala de espera de un médico. Usted es el primero en llegar. Se sienta. Una enfermera asoma por la puerta, le pregunta su nombre y otros datos y le dice que espere.

Por Diario La Primera | 26 set 2010 |    

Después de un rato y sin saber que hacer usted toma una vieja revista de las que están en la mesa de centro, la toma más por aburrimiento que por curiosidad. Está leyéndola cuando en eso llega otro paciente que entra, se sienta coge también una revista y no le dirige la mirada a usted. Al rato asoma la enfermera que lo atendió a usted primero y le dice a este recién llegado que espere. El recién llegado mira a un lado, al otro, al techo, al suelo, se mira los zapatos, busca algo en los bolsillos, saca un lapicero de algún lugar y también una libretita y anota algo. En todo este tiempo el recién llegado sigue sin mirarlo a usted. Dos extraños en la sala de espera. Al rato llega una pareja, la misma rutina, la misma enfermera, pero ahora estos recién llegados hablan entre ellos, no están solos. Ellos a un lado de la sala y usted y el que llegó después están ahí también pero sin hablarse, sin mirarse. Ambos se atreven de cuando en vez a cruzar una mirada con la pareja que acaba de llegar. Por ahí reciben un pequeño gesto de saludo cordial.

Esta situación es bastante más que un lugar común en nuestra ciudad. Se repite día a día, a cada instante en las salas de espera de colegios, municipios, estaciones de radio, clínicas, estudios de abogado, y en cuanto lugar sea necesario tener que esperar por algo o por alguien.

¿Qué es lo que hace que tengamos miedo de mirar? ¿Qué hace que tengamos miedo de sonreír al otro, de mirarlo, de saludarlo, de hablarle? ¿Timidez, podría ser una respuesta? ¿Inseguridad, quizás? ¿Poca o sobre valoración de nosotros mismos? ¿Miedo al rechazo? ¿Temor al ridículo? Cualquiera fuese la respuesta lo cierto es que el resultado es feo. Muy feo.

Trata a los otros como quieres que te traten a ti. Así reza el refrán. Esto es muy cierto por eso es que no podemos aceptar que nos guste el mal trato. Sentirnos ausentes como nos sentimos en la sala de espera de nuestro ejemplo, sentirnos ignorados en un ascensor o en nuestra propia oficina cuando se cruza un compañero de trabajo en nuestro camino y no nos mira.. Claro que no. A todos nos gusta sentirnos bien y que nos hagan sentir bien, qué duda cabe, debemos entonces preocuparnos por hacer sentir bien al otro, a los otros todo el tiempo. Así que ya lo sabe, la próxima vez que le toque ser el primero en llegar a una sala de espera busque la mirada del que llega después y regálele una sonrisa de saludo. De seguro él nos devolverá otra sonrisa. Ese pequeño intercambio tan sincero y tan sencillo puede modificar ese espacio físico y hacernos sentir mejores personas. Decirle al otro que existe para nosotros hará que nuestra espera sea más agradable y que el tiempo se nos pase volando.


    Jaime Lértora

    Jaime Lértora

    ¡Habla Jaime!

    Columnista