¿Estado privatizado?

En un reciente intercambio de opiniones sobre la reforma del Estado, hubo críticas desde diversos flancos que afirman que el aparato estatal es patrimonialista, privatizado y hasta que sufre soroche.

| 08 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 3.2k Lecturas
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Tan gruesos calificativos dan la impresión de que sigue vigente el viejo estado oligárquico o el autoritarismo de los años 90. No se valora la continuidad del sufragio universal durante tres décadas y el notable proceso de descentralización ocurrido en este nuevo siglo.

La tragedia republicana fue siempre tener un Estado sin ciudadanos, al punto que la universalización del sufragio recién se extiende con el voto femenino en 1956 y se hace plena con el voto a los analfabetos a partir de 1980. Desde entonces se han producido avances democratizadores como la elección ininterrumpida de municipios y pese al zarpazo de 1992, las elecciones generales, mal que bien, continuaron.

Esto no tiene precedentes en nuestra historia, acostumbrada a largas y oprobiosas dictaduras que hasta llegaron a suprimir por completo la asamblea del pueblo, como ocurrió entre 1968 y 1980.

La elección de gobiernos regionales desde el 2002, ha generado ya tres administraciones surgidas de la soberanía popular y una decena de elecciones municipales. Con ello se dan las condiciones para que aparezca una nueva burocracia pública en todo el territorio nacional. Existe un registro electoral que incorpora a más de los dos tercios de la población, que reconoce la ciudadanía a los mayores de 18 años sin excepción.

Si a esto se agrega la transferencia de funciones, competencias y recursos a los gobiernos subnacionales, es evidente que estamos muy lejos del caduco modelo oligárquico y de sus prolongaciones autoritarias.

Tenemos deficiencias, no hay duda y muy serias. Desde un Parlamento diminuto reducido a una sola cámara, hasta la inexistencia de un sistema de partidos. Esto sin dejar de lado normas electorales deficientes como el vicioso voto preferencial y el débil control sobre los recursos financieros en las campañas.

Falta una verdadera carrera pública a la que se ingrese por concurso de méritos (que no es lo mismo que comparar currículos) y donde se ascienda por evaluaciones periódicas. Se ha progresado en el magisterio, la tienen hace mucho los diplomáticos y las fuerzas armadas y existe excepcionalmente en el corazón administrativo.

Más que un Estado privatizado, lo que se constata es un proceso de democratización donde el viejo patrimonialismo es remplazado por un Estado que se moldea desde la sociedad, en absoluta libertad.

Quienes tienen un sesgo estatista inevitablemente deviene autoritario. Están enemistados con el capitalismo del siglo XIX, convencidos de que nos hemos estancado. Citan a Marx pero lo confunden con Proudhon al creer que la propiedad es un robo. En la otra vereda los que profesan la fe del “estado mínimo” se espantan con el nuevo poder regional y municipal.

Todo esto es posible porque hay libertad y democracia.


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