Estado jibarizado y “toque de queda” en la frontera

Ese Estado que los neoliberales jibarizaron hasta convertirlo en una liliputiense caricatura de lo que Octavio Paz calificó de “ogro filantrópico” y al que acusaron de inútil, inservible y de obstáculo para conquistar el sueño de la modernidad y el desarrollo; ese Estado es el mismo al que hoy acuden los neoliberales como la última tabla de salvación del sistema en crisis por la corrupción, la ineficiencia y la angurria insaciable por las ganancias.

| 23 febrero 2009 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.2k Lecturas
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Estoy pensando cómo sería el Perú ahora si hubiéramos construido un Estado medianamente eficiente, con alguna intención promotora, con cierta voluntad reguladora y con alguna dosis de generosidad y responsabilidad para invertir sobre todo en los Andes y la Amazonía.

Es ese Estado casi siempre ausente y jibarizado como una cabeza reducida lo que ha producido esa situación de dramática marginalidad y abandono en la zona rural andino-amazónica y sobre todo a lo largo de más de 3 mil kilómetros de frontera en la Amazonía peruana.

Guillermo Andrade Sáenz, un destacado ingeniero forestal que recorre sin pausa la Amazonía, me describía hace poco, asombrado y escandalizado, el abandono de los pueblos peruanos en la frontera del Yavarí y la atención prioritaria en educación, salud, transportes y comunicaciones en los pueblos del Brasil.

En los pueblos brasileños, gracias a la acción del Estado y la toma de conciencia de la población, de 6 de la tarde a 8 de la noche la población se guarece en sus casas, protegidas con mallas de tela metálica, en una suerte de “toque de queda” para evitar la picadura de zancudos que transmiten la malaria y que precisamente salen a buscar su comida a esas horas de la tarde.

Por el contrario, los peruanos salen a bañarse en el río a esas mismas horas y sus chozas están desguarnecidas. Resultado, la malaria en la frontera peruana del Yavarí es un flagelo. Lo es también en el río Nanay, cerca de Iquitos.

En el pueblo brasileño de Brasilea, en la frontera con el Perú, la oficina de inmigración es un moderno complejo que tiene incluso aire acondicionado. En Iñapari, en el Perú, la policía despacha en un cuarto destartalado donde los visitantes no tienen ni siquiera una silla para sentarse.

¿Dónde estaba el Estado en el Purús cuando la municipalidad decidió invertir 1 millón de dólares en la plaza de armas en un pueblo que no tiene agua potable y sólo 3 horas de luz eléctrica?

Pero este Estado jibarizado y casi siempre ausente para los pobres es un estorbo para los ultraliberales en el Perú. Ya sabemos por qué.

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