¿Estado de emergencia o Estado en emergencia?

“El presidente es un hombre de tan pocos principios como de palabras.”

The Economist, 8 de diciembre 2011

| 12 diciembre 2011 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.3k Lecturas
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Cuando el 16 de noviembre el presidente Ollanta Humala dijo “Conga va”, pocos imaginaron que ese grito de guerra terminaría siendo el inicio del fin del gabinete Lerner. Lo más sorprendente, para mí, ha sido comprobar el grado de improvisación en el manejo del Estado y de los conflictos.

Uno pensaría que si el Humala presidente había decidido liquidar al Humala candidato, por lo menos tendría un plan para mitigar los efectos previsiblemente caóticos e indignados de su nueva postura. Uno imaginaría que, por lo menos, tendría que haber sopesado cómo ese mensaje sería recibido por quienes votaron por el Humala de polo rojo. No se necesitaba mucho conocimiento político para saber que sería tomado como una traición.

Humala hizo lo que siempre hacen los políticos: mentir. Y les mintió en su propia casa cuando necesitaba de ellos. Ciertamente hay que reconocer el intento de diálogo propiciado por el salomónico Lerner, bisagra entre las promesas del candidato y las acciones del presidente, y bisagra entre las aspiraciones y exigencias de la izquierda -por primera vez en años empelotada - y la derecha prometiéndole su bendición si se alineaba.

Y es que Humala parece haber tenido desde el comienzo “un sueño” -a lo Martin Luther King (ironía)- de lograr la convivencia armónica del polo rojo y el blanco, del oro y el agua, de la derecha y la izquierda. Recordemos cuando en campaña no le alcanzaban los votos de la “gran transformación”, sacó la Hoja de Ruta del sombrero, “mostró” a garantes y aliados el polo blanco, sin abjurar nunca claramente de la Gran Transformación. Y así pasaron los días en aparente armonía de tendencias extremas en un partido joven e inexperto que ha ido pagando noviciado y con él, todos nosotros.

Pero Conga nos volvió a la cruda realidad. Sin una estrategia que se adelantara a los conflictos, ese estado de convivencia ideal estaba destinado al fracaso. Es imperdonable que un gobierno que se marqueteó como nacionalista no haya tenido muñeca e inteligencia para anticipar el embate y hacer frente a los carroñeros atizadores de descontentos, que no haya priorizado establecer una verdadera comunicación de confianza con esa porción del pueblo que de manera auténtica tiene miedo de perder sus recursos y formas de supervivencia que se han procurado ante un Estado invisible para servirlos; un pueblo que tiene el temor histórico de ser pisoteado una vez más por intereses de los poderosos y de ser otra vez traicionado.

Su pésimo manejo no solo tendrá, me temo, un impacto en Cajamarca, sino que puede ser motivo de afianzamiento de los radicalismos. Si cree que declarando el estado de emergencia los acallará, quiere decir que no ha entendido nada o no le importa nada. Y no porque el caos y la obstrucción del diálogo por parte de los azuzadores tengan justificación, no la tienen, aun cuando sus temores y demandas son absolutamente atendibles, sino porque hay que conocer cómo funcionan esas dinámicas para saber que esto no ha terminado. Y que si bien el Estado debe ejercer su autoridad, tiene que saber hacerlo de tal modo que sus decisiones no enciendan más la pradera.

Conga va, Lerner se ha ido y lo que queda es una gran incógnita que tiene por lo menos dos interpretaciones: o Humala no sabe lo que quiere ni cómo lo quiere, o nos está engañando a todos, derecha, izquierda, centro. Esa incógnita que ha sido su bandera. Recordemos cómo en segunda vuelta la derecha temía lo peor y la izquierda celebraba, mientras en el centro el signo de interrogación se vestía de antifujimorismo o de antichavismo.

Cuando muchos, como yo misma, nos obligamos a votar en contra de un proyecto político conocido y condenado por corrupción, violación a derechos, robo, asesinatos, etc., y los otros que estaban seguros que Humala era el delfín de Chávez estaban dispuestos a transar con el nuevo-viejo-fujimorismo.

Un dato certero que me confirmaba la participación de la gente de Lula con Ollanta, temprano en la campaña, me dejó claro que Ollanta nunca fue chavista, que en el 2006 Chávez era un referente regional sólido que se alzaba como una fuerza continental y que le era útil. Y que cinco años después, un Chávez cada vez más desdibujado y debilitado ya no servía a sus propósitos, más si tenía la fuerza carioca detrás para lograrlo sin ser lulista.

Con el paso de los días, la incógnita empezó a disiparse para la derecha que cada vez se ha visto más complacida, sus miedos aplacados, por la política económica del gobierno. Algo que para la derecha suele justificar cualquier exceso o torpeza. Como por ejemplo la detención de un intransigente actor político como Saavedra o el bloqueo de las cuentas del Gobierno Regional de Cajamarca cuando Lerner se aprestaba a seguir dialogando.

Por favor no olvidemos, señores en el poder, la gran lección del gobierno de Alberto Fujimori: el fin no justifica los medios, es imprescindible actuar dentro de la democracia y respetando procesos y derechos, especialmente desde el Estado y aunque la oposición no lo haga. Porque esa es su responsabilidad principal. De lo contrario todo terminará teniendo una justificación y acabaremos como hace 11 años. Porque la autocracia es igual de mala si es de derecha que si es de izquierda o militar.

Quizás, como dice el psicoanalista Jorge Bruce, el Estado de Emergencia declarado más bien era una declaración de la emergencia que se vive dentro del partido de gobierno, desarticulado, sin estrategia ni homogeneidad en los objetivos. Signo de un confuso liderazgo. Ojalá y este segundo tiempo no solo oxigene la dirección ejecutiva del gobierno sino que defina su línea política.

Que si este gabinete es evidencia de que se ha derechizado o si se está militarizando con un Valdés y Villafuerte tomando posiciones preponderantes en las decisiones de gobierno, estará por verse y de todas formas hay que estar muy alertas. Así como estar alertas a contubernios políticos inaceptables como el que se vocea con el fujimorismo.

Fujimori delinquió, fue procesado y condenado y debe terminar de cumplir su sentencia. Excepto enfermedad terminal, que no tiene. Ni siquiera tiene cáncer como les gusta repetir a sus defensores. Así como la amnistía a Artemio y quienes con él se equivocaron en los medios (violentos) para lograr su fin (un Estado más justo), sería una traición a la patria y a la democracia, la excarcelación de Fujimori sin real justificación sería un asesinato a la justicia y al ejemplo de lo que en un país no debe aceptarse jamás.

Lerner menciona en su carta de despedida una nueva etapa de trabajo gubernamental. Ahora será importante que el Presidente dé la cara para explicar qué podemos esperar. Si cada uno de los 250 conflictos sociales nos van a costar un cambio de gabinete, esto no tiene futuro. ¿A dónde vamos, Sr. Presidente? ¿Cómo hará para cohesionar nuevamente al país, para que convivan agua y oro sin sangre en el ojo? Sea claro por una vez para que cesen miedos y especulaciones que solo generan ruido político, incertidumbre y caldo de cultivo para la violencia y el radicalismo. Ojalá The Economist se haya equivocado y tenga luego que pedir perdón por excederse en sus palabras.




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Claudia Cisneros

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